Ante la sospecha, aún tan tibiamente formulada, se irguió ella sonriendo con plácida altivez.
—Pero ¿ha podido usted imaginar que yo hiciese algo feo? Venga usted, venga usted y lo sabrá todo.
Llevole al gabinete, sentáronse en un pequeño sofá y después de permanecer mirándole cariñosamente unos instantes como recapacitando la manera de expresarse o el modo de empezar, dijo así:
—Primero contésteme a lo que voy a decirle. Si alguien le preguntase a usted quién era mi padre, cómo me educó, qué sentimientos inculcó y desarrolló en mi alma, cómo obedecí a lo que quiso que yo fuera, en fin, hasta dónde puedo yo saber lo que son bondad, honra y virtud... ¿Qué respondería usted?
—Diría—repuso con la mayor naturalidad don Luis—que tu padre fue hombre tal que pudiendo salvar su inmensa fortuna sin más que pasar la frontera y acaso con sólo sostener un pleito prefirió perderlo todo por cumplir fielmente sus compromisos, aun aquellos en que no medió documentación alguna, sino sólo su palabra: que luego rehizo parte de su riqueza entre el asombro y el respeto de todos porque aquella conducta le dio inmenso crédito. Diría que tu educación, hecha exclusivamente por él, fue un prodigio de sensatez, de cordura, que te hizo buena... no sé como expresarlo, sin que tuvieras nunca que violentarte ni vencerte, inspirándote aversión a lo malo y lo mezquino. Vamos que hizo que tuvieses bondad y virtud casi por naturaleza, como tienes los ojos azules y el pelo rubio... Pero ¿a qué viene esto?
—De modo que usted cree que ni por liviandad, ni por conveniencia, ni por perversión ni por nada puedo transigir con la deshonra.
—Cabal. Si fueras hija mía, y como a hija te quiero desde que tu padre me encomendó tu porvenir, no me inspirarías mayor confianza. Siempre dije que si para ser feliz bastara tener clara idea de lo que es bueno y voluntad de seguirla tú serías dichosa.
—Yo no digo que sea buena. ¡Cuántas veces es uno injusto y malo sin saberlo! Lo que digo es que nuestra virtud, la virtud de la mujer, no consiste sólo en... ¿cómo se lo diré a usted...? en dejar de hacer lo que deshonra y pone en ridículo a los hombres.
—No te comprendo.
—Oiga usted.