—Segundo: hay entresuelo.
Si grandes fueron las cavilaciones que mortificaron a don Luis desde que salió del saloncito de la Marquesa hasta llegar allí, aun crecieron mientras subió la humilde escalera de aquella vulgarísima casa.
«¿Qué le habrá pasado, qué le habrán hecho a esta muchacha—iba diciéndose mentalmente—para que transija con semejante cambio? ¡Si esto es para ella la pobreza... qué barrio, qué portal y qué escalera!»
Con mayor celeridad de la que al parecer permitían sus años llegó al piso segundo y llamó, saliendo a abrirle una doncella cuyo limpio y fino aspecto contrastaba con lo pobre de la casa. El pasillo de entrada lleno de muebles, baúles y cajas, todo desordenado, indicaba lo reciente de la mudanza.
—¿Dónde está? ¿dónde está?—preguntó don Luis.
Mas antes de que la doncellita contestase se abrió la puerta de un pequeño gabinete, también lleno de trastos a medio colocar, y apareció una mujer como de veinticinco a treinta años de singular gentileza, que arrojándose en brazos del anciano rompió a llorar amarga y calladamente.
Era alta, esbelta, el pelo rubio muy claro, los ojos grandes de un azul muy oscuro y, a pesar de las lágrimas que los bañaban enrojeciéndole los párpados y desbordándose por las mejillas, de mirar inteligente, llenos de viveza pero serenos, dulces, como incapaces de expresar nunca sentimiento que no naciese de amor o de ternura.
—¡Luis de mi alma!—dijo entre sollozos.
—¿Qué ha sido esto, mujer? ¿Qué has hecho? ¡Pero es verdad...? ¿Qué te ha hecho?... porque de ti estoy seguro...