—¡Rosa! ¿Separada Rosa?—exclamó asombrado el señor viejo—Vaya, vaya, y ustedes dispensen pero no saben lo que dicen o les han informado con mala intención. Rosa es incapaz de hacer nada que pueda ser causa de que su marido la deje con sombra de razón, y si él la engañara a ella le sobran talento, virtud y recursos para traerle al buen camino... y en último caso, grandeza de alma para perdonarle. Sepan ustedes,—y esto lo dijo ya con una entonación grave—que mujeres como Rosa hay pocas y cuando se habla de ellas conviene no pecar de ligero.
Viéndole ponerse serio y oyéndole hablar de aquel modo callaron todos, menos la señora que parecía lista, la cual sin andarse por las ramas, habló de este modo:
—Todo eso está muy bien don Luis, pero no echa por tierra nada de lo dicho. Si a él no se le conocen líos, ni ella es susceptible de... debilidades y sin embargo teniendo un hijo, se separan... ayúdeme usted a sentir. Ella una santa, conformes; además es rica, él gana mucho: por falta de recursos no será. Luego...
—Rosa sabría resistir a la pobreza y a miseria—añadió el caballero viejo con entusiasmo.
—Vaya, vaya—acabó la dama diciendo algo picada—yo no calumnio a nadie. No quería soltarlo pero lo sé, me consta, sucede algo y gordo. Puedo asegurarle a usted que hace cinco días, Rosa se ha marchado de casa de su marido con cuatro muebles y unos cuantos baúles de ropa, y llevándose al chico, y que sola con la doncella, vive en la calle del Guadarrama núm. 92, no sé que piso. Ahora diga usted que esto es hablar por hablar.
—Lo que digo—repuso enojándose el caballero—es que yo he llegado ayer mañana de París, que no he salido sino para venir a felicitar a la Marquesa, que no sé nada de lo que pueda haber ocurrido y de que, sea lo que fuere, estoy seguro de que Rosa estará harta de razón. Pasa por ser una de las mujeres más bonitas y elegantes de Madrid ¿verdad?—y esto no lo dijo con ánimo de complacer a su interlocutora—nadie pone en duda su hermosura ¿eh? pues también son indiscutibles su talento y su virtud.
Pronunció don Luis estas palabras esforzánzose por aparecer tranquilo pero con tal energía que ni caballeros ni señoras se atrevieron a replicarle; y la Marquesa dio discretamente otro rumbo a la conversación.
De allí a poco don Luis se despidió y al poner el pie en el estribo de su berlina, que le esperaba en la puerta, dijo al cochero: «calle del Guadarrama 92, y deprisa.»
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—¿Se ha mudado aquí hace pocos días una señora que se llama doña Rosa?—preguntó a la portera.