—Pero ¿qué marido es ese que lo tolera?—preguntó una señora anciana de aspecto venerable.
—Vayan ustedes a saber quien tiene la culpa... porque uno de ellos ha de tenerla—añadió otra señora joven que parecía lista y curiosa.
—Yo creo—dijo la Marquesa—que si alguno ha faltado, no es él, porque hace muy pocos días estuvo aquí precisamente hablando de su mujer... y enamoradísimo.
—Esto no significa gran cosa—interrumpió la que tenía cara de lista—porque cuando un hombre pretende engañar bien a su mujer lo primero que hace es despistar a las amigas de ella haciéndoles creer que la adora para que se lo cuenten a la interesada.
—Dios me libre de murmurar—añadió un caballerete—pero él anda demasiado absorbido por sus negocios, y ella es demasiado guapa; además sin ofenderla, me parece que ella se alegrará de tener ocasiones en que convencerse de hasta donde llega el poder de su hermosura.
—¿Tan presumida es?—preguntó una voz femenina.
—En realidad—contestó la Marquesa—es inexplicable esa desavenencia en un matrimonio del cual nadie sabe que el marido se vaya con otra ni que la mujer sea capaz de torcerse.
Entonces un señor ya viejo con restos de buen mozo, simpático, de mirada inteligente y fácil palabra que basta entonces permaneció callado, tomó parte en la conversación diciendo:
—Conque no se engañan, tienen un hijo y se separan... pues no lo entiendo: pero ¿de quién se trata?
—De la de Herióls, Rosita Castilla, la casada con Herióls.