Así estaban las cosas cuando, en pleno invierno, es decir, en la época de más fiestas, bailes y recepciones, el mayordomo de los duques fue una mañana, por orden de sus amos, a la estación del camino de hierro a esperar al nuevo capellán que había de sustituir al anciano sacerdote muerte pocas semanas antes. Adivinole por los hábitos al bajar de un wagón, y acercándose a él, previos saludos y frases que puede figurarse quien desee más detalles, le llevó al palacio en un simón, y presentole a los señores. Recibido por éstos como exigía la hidalguía en tan grandes personas, y en él lo respetable de su ministerio, le acompañaron hasta la habitación que le estaba destinada, le enseñaron la capilla, encargaron al mayordomo y al administrador que le respetasen y sirviesen, y sin más conversación quedó instalado Lázaro en casa de los duques de Algalia.

Al separarse estos del joven sacerdote, preguntó la mujer al marido:—¿Qué te parece?—

—Muy joven,—contestó el duque;—pero no habíamos de estar más tiempo sin capellán, y cuando el obispo le recomienda, bueno será.—

¡Capellán! Este era el puesto que había de desempeñar. Nadie le había dicho todavía que era como un criado más en la cocina o un caballo nuevo en las cuadras, un simple artículo de lujo. Debía decir la misa los días que la duquesa no quisiese salir de casa. No se hace especial mención del duque, porque éste era de los católicos que no practican.

Tan poca y breve ocupación dejaba a Lázaro todo el día libre; de modo que siendo grande su curiosidad por conocer el nuevo centro en que vivía, y fáciles los medios de satisfacerla, pronto empezó a observar y pensar sobre cuanto veía, desentrañándolo y analizándolo todo.

Al cambiar de medio social, al sentirse sacado de su esfera, al verse solo de repente en el torbellino del mundo, cada mirada produjo en él una observación y cada observación un juicio que, chocando frecuentemente con sus propias ideas, las destruía o alteraba. Creyente sincero y de entendimiento poderoso, fue estudiando, fijándose en todo, y apoyado como en fuerte palanca en su ideal, comparó y juzgó las cosas de la vida.

Traía en su alma esa profunda fe que, a semejanza de ciertas piedras preciosas, va siendo más rara cada día. Sus preocupaciones tenían por lo ingenuas algo de sagradas, y libre de toda mira interesada, venía a nueva existencia, trayendo para examinarla, aunque con el espíritu de otros siglos, la más recta imparcialidad. Tranquilo, puesto el ánimo en Dios y la esperanza en el deseo de saber, tendió la vista en torno suyo; pero como ave obligada a volar demasiado alto, sus ojos se deslumbraron, sintió el vértigo que da la altura, y le faltó aire para sus pulmones oprimidos.

Como llegan tardía y débilmente al oído los ecos de la tormenta lejana que va aproximándose por instantes, sintió Lázaro ir llegando a su alma vagos presentimientos de dudas y temores, misteriosos anuncios de un porvenir preñado de lágrimas e insomnios.

¿Qué era aquello? ¿Qué sombras comenzaban a turbarle? ¿Qué temores iban girando en derredor de su imaginación como fieras que se pasean en torno de su presa? ¿Era que empezaba a aspirar el hedor de los pantanosos lodazales de la tierra, o acaso que, sintiendo el yugo opresor de la materia, tenía ya su espíritu la nostalgia de la inmortalidad?

Era que cuanto había aprendido y creía, estaba en contradicción con la realidad. Llevaba dentro de sí una llama que no podía brillar en aquel nuevo ambiente. Sus estudios fueron ancha base a tantas cavilaciones; el espectáculo del mundo, cebo que incesantemente las provocaba.