Cada día le trajo una lección, cada hora el agrio fruto de un anticipado desengaño.

El tiempo fue pasando por él como la onda sobre el lecho del río, haciendo la superficie más tranquila, pero agitando el fondo y profundizando el cauce. Es imposible pintar la invasión lenta y gradual que hicieron en su alma las cosas y los errores mundanos. Sería más fácil penetrar en las entrañas de la piedra y sentir la secreta atracción de la cohesión y la fuerza, o escuchar el latido de la planta en que la evolución tiende a la vida. Cuando su inteligencia quería bucear en lo hondo de su pensamiento, le veía poblado de formas extrañas que le hostigaban con las maldecidas preguntas de la duda. Empezó el tiempo a educarle en la amarga escuela de la experiencia. Semejantes a estrellas que se extinguen, fueron nublándose sus esperanzas, y la fe fue perdiendo lentamente su virginidad, como la nieve del cielo pierde su blancura puesta en contacto con la tierra.

IV.

Apenas hacía un año que Lázaro estaba en casa de los Algalias, y ya se había captado todo el afecto que puede inspirar el que sirve a quien le paga su salario. La duquesa simpatizó con él como simpatiza la debilidad con la indulgencia. El duque vio, ante todo, en su capellán un hombre que sabía guardar las distancias, y la niña, querida de sus padres con ese cariño de los poderosos, quizá algo frío porque no impone sacrificios, encontró en Lázaro un alma joven, dispuesta a comprender las impresiones que en los albores de la vida se alzan en el corazón de la mujer. Los duques veían en el capellán una figura que, sin salirse de su esfera, contribuía al tinte aristocrático de la casa. La hija, como más joven menos sujeta a preocupaciones, sólo se daba cuenta de que, mozo o viejo, noble o plebeyo, había cerca de sí un ser respetable por su ministerio y digno de estimación por sus prendas. Lo agradable de su persona, lo más grato aún de su afabilidad y cortesía, atrajeron el corazón de Josefina hacia el espíritu de Lázaro como el bien atrae al alma. La inteligencia con que el joven sacerdote iba leyendo cada vez más claro en las cosas de la vida; el carácter con que indultando el error insistía en lo juicioso, y su buen corazón, merced a cuyo generoso impulso sabía hacer dulce la misma severidad, constituían en Lázaro una personalidad extraña, sencillamente buena, tan digna de estudio en su candidez como otras por su originalidad o extravagancia.

Josefina, para quien su padre era un socio del Casino que venía a dormir a casa, y que no hallaba en su madre sino la encargada de satisfacer frívolos caprichos, ni veía en el aya más que una criada con vestido de seda, fue poco a poco acercándose a Lázaro, movida simultáneamente de la necesidad de un amigo para su soledad, de la simpatía que inspiraba el hombre y el respeto que infundía el clérigo.

Algunas mañanas, cuando el tibio calor primaveral parecía reconcentrarse en la gran estufa de cristales que, poblada de plantas raras y hojarascas exóticas, se alzaba en el jardín, Josefina y Lázaro se encontraban en ella, fijándose la niña en las camelias que podría cortar para lucirlas a la noche, pensativo el clérigo en sus cavilaciones o abandonado a sus rezos. Atraídos uno hacia otro, se sentaban en los escabeles de hierro, olvidándose la mujer del galanteo escuchado la víspera, y el hombre del libro que le acompañaba. La reseña de un baile o la noticia de otro, el proyectado enlace de una amiga, un cuento de la villa, lo que dijo una visita, un pensamiento de caridad, servían de motivo a las conversaciones. Relegado insensiblemente a segundo término lo que daba margen al coloquio, el cura y la muchacha conversaban amigablemente, depurando, casi sin saberlo, lo que de terrenal tenía el comienzo de su diálogo. Nunca bastardeó aquellos dulces esparcimientos cosa rayana en lo ridículo; que ni la candidez de la mujer tocaba en la sensiblería, ni la discreción del hombre llegaba a parecer afectación. Todo era natural hasta tal punto, que si alguna vez traspusieron la imaginación o el labio los límites de lo conveniente, no entendió la pureza el desmán ni pudo recogerlo la malicia. Quizá pensando alto llegaron uno u otro a decir lo que hubiese parecido escabroso a un tercero; pero la torpeza si de sus bocas salía, brotaba con tal ingenuidad, que realmente la voluntad era tan irresponsable como la ignorancia. Josefina vertía sus ideas en el ánimo de Lázaro como la tierra deja brotar el manantial, confiadamente, sin esfuerzo, y él la escuchaba más cuidadoso de evitarla los errores que de confirmarla las verdades.

Andando el tiempo, e intimando el trato, llegaron a sentirse atraídos por la genial bondad del sacerdote cuantos habitaban la casa; pero siempre fue Josefina quien, verdaderamente encariñada con el capellán, parecía gozarse más en frecuentar su compañía. Por su parte Lázaro empezó a ver en la duquesa, si no una mirada pronta a esquivar la suya, al menos un oído que su dulce severidad parecía contrariar en algo, notando que la gran dama, más hipócrita por artificio que por naturaleza, aunque pensaba con licencia, gustaba de aparentar recato. A su desmedido afán de brillar en fiestas y saraos, a su gozo en ajar la vanidad de las amigas, hallaba siempre respetuoso, pero claro correctivo en la palabra del cura, obrando éste tan discretamente, que sus frases podían parecer a la duquesa avisos de su propia conciencia. Si el sacerdote hubiera pecado de autoritario, habríase librado de él Margarita, sin más que despedirle con cualquier pretexto; mas como era el ingenio del hombre quien obraba, dejando en la sombra su carácter de clérigo, poca defensa cabía en ella contra advertencias que era imposible haber rechazado como ataques. Hasta los criados contenían la murmuración soez y maliciosa cuando en sus conversaciones se pronunciaba el nombre de Lázaro, pues no hallando en quien le llevaba sino virtudes sinceras, tenía la baja lengua que callar, aun estando tan diestra en maldecir.

Así se deslizaba el tiempo para Lázaro, que, impensadamente tal vez, desvió sus miradas del espectáculo del mundo para fijarlas en lo que de cerca le rodeaba. Habíanselo pintado como asiento de todo error, cuando no es sino el campo de la batalla librada por el bien y el mal; de modo que al sentir herida la imaginación buscó refugio a sus dolores en la contemplación de una figura que, cruzando por su pensamiento, semejó la imagen del consuelo bajando a los infiernos del alma. A cada desengaño, a cada decepción, Lázaro cerraba los fatigados ojos, prefiriendo la tristeza de la sombra a los resplandores del mal, y al cerrarlos quedaba como fotografiada en su pupila la imagen de aquella niña destinada a ser juntamente el más grato ensueño y la más horrible pesadilla de su vida. La buscaba sin darse cuenta de ello; la echaba de menos sin sospecharlo; deseaba verla y hablarla del modo indeterminado y vago con que desea la dicha el acostumbrado a la amargura. Las mañanas en el jardín, los paseos en el invernadero, las tardes del lluvioso otoño pasadas tras los balcones del gabinete mirando estrellarse y correr las gotas de agua por los empañados vidrios; las horas en que sentado a un extremo de la mesa veía trasparentarse al fondo de sus pupilas azuladas toda la ternura de su alma, le hacían gozar de una manera tranquila, sin que su propia naturaleza varonil le llevara a pensar en otros halagos ni promesas. Se deleitaba en la contemplación de la mujer como la fría estatua de una fuente parece recrearse entre las ondas que la ciñen. Placer, peligro, dicha y dolor, todo lo tenía a su lado; y él, como invadido el espíritu por sólo un impulso, no sentía más que la admiración de la belleza en lo que tiene de ideal, sin que nunca llegaran los deseos a hostigarle con su aliento de fuego. Sentía lo que la pasión tiene de divino, sin que los vapores impuros de la materia mancillaran aquel placer purísimo; y cual si sus ojos penetrasen hasta el fondo del alma de la mujer, sin detenerse a mirar el vaso que encerraba el perfume, gozaba en la contemplación de un ideal inasequible. Si la ignorancia tenía las alas cortadas al deseo o la castidad sujetaba a la naturaleza, ni él mismo lo sabía; que no sintiendo torpeza, no tuvo ocasión de combatirla. Pero en el silencio de la noche, cuando todos dormían, tras el bullir de las cenas o el trajín de los bailes, Lázaro con la cabeza entre las manos, caído a sus pies el libro de rezo y rota la oración en los labios, sentía el alma movida de esos misteriosos efluvios que nunca engendra la piedad religiosa, porque solo brotan cuando saboreamos la esperanza de la propia ventura. Estremecido por el frío volvía en sí. El sueño o el cansancio le rendían luego, hundiéndole en los abismos de la nada, y su imaginación descansaba hasta que, al despertar, la esbelta figura de la niña flotaba de nuevo ante sus ojos, turbando la primer plegaria del día. En más de una ocasión la Virgen grabada en el devocionario pareció mover sus líneas y alterar sus rasgos, dando al rostro divino las facciones de la mujer amada.

Sus alucinaciones, aun tomando forma de impiedades, no llegaron a mancharse de lujuria; pero su misma voluntad, capaz de dominarlas, iba dejando de ser lo suficiente poderosa para evitarlas.

Nadie, sin embargo, supo sus sufrimientos. La misma Josefina, ídolo de aquel culto, no sospechó que bajo la pobre sotana del capellán de sus padres empezaba a realizarse el misterioso génesis que se cumple cuando el amor dice cerca de un alma:—«sea hecha la luz.»—