Sencillo, afable, blando con los criados, respetuoso con los señores, sin salirse de los estrechos límites que su carácter de cura le marcaba, acabó Lázaro por ser en casa de los duques el más querido de cuantos la habitaban.
Lo indulgente que con las culpas era, hacía creer a los culpables que permanecían sus faltas casi ignoradas, y si trataba de corregirlas, nunca las reprendía ante tercero, sabiendo que nada se remedia empezando por lastimar el amor propio.
Esta bondad, unida a su carácter religioso, le daba entre las gentes de los Algalias una consideración a que los mismos duques no podían sustraerse, viendo hermanados en Lázaro la mansedumbre del sacerdote y el ingenio superior del hombre. Pero quien más le quería, por ser quien más íntimamente le trataba, era Josefina, que, sin darse cuenta de ello, había ido poco a poco, coloquio tras coloquio y confidencia tras confidencia, abriéndole el seno de su alma sin dar jamás a conocer aquella inclinación que llegó a sentir, pero que no intentó definir nunca.
V.
Cuando Félix Aldea fue presentado en casa de los Algalias, el duque le recibió con la afabilidad que un caballero de su clase se creía obligado a tener con el hombre puesto en moda por la opinión y la prensa. La duquesa le agasajó con esas distinciones que guarda la mujer bonita para quien rinde pleito homenaje a su hermosura, y Josefina, acostumbrada a la trivial conversación de gomosos insulsos, sintió hacia él profunda simpatía. Viendo en Félix un muchacho cortés sin afectación, galante sin lisonja, discreto sin esfuerzo, que sabía hablar de cosas serias sin hacerse enojoso, ser franco sin parecer hipócrita, y comparándole involuntariamente con los demás que la cortejaban, resultó de aquel paralelo que la muchacha llegó a preferirle cuando ya en su alma, sin que ella lo advirtiera, penetraron las sensaciones que al amor preceden, al modo que en una habitación cerrada se deslizan las primeras claridades del día.
Aquella especie de amistad severa y dulce, al mismo tiempo que unía a Josefina con el cura, la sirvió para una trasformación extraña; pero lo que Lázaro había provocado en la niña, más que una trasformación era el desarrollo de cuanto fecundo puede haber en el corazón humano. Poniéndola en condiciones de distinguir, casi intuitivamente, lo bueno de lo malo, cumplió la preparación necesaria en ella para apreciar la diferencia que existía entre hombres como Félix Aldea y caballeretes como los que hasta entonces había tratado. Con todo lo que de Lázaro escuchó, de sus instintos, sentimientos, ideas, y juicios, se formó Josefina una imagen que, sin reflejarse en su fantasía por entero, ni llegar a personificarse en una figura, prestó a las impresiones la suficiente cohesión para engendrar la aspiración indeterminada de un ideal en que se daban juntas y cumplidas las buenas cualidades del cura y las promesas de futura dicha, ya evocadas en el corazón de la mujer. Para realizarlas estaba Lázaro incapacitado. Ni por un momento cupo en Josefina la idea de que coexistieran en él las dos personalidades de hombre y sacerdote; pero cuanto se desprendía de su trato vino a formar algo como la fórmula de la ventura soñada, la profecía desinteresada de bienes que él no podría otorgar, pero que en él estaban visibles a los sentidos, aunque negados para siempre a la posesión o al goce. Él fue el primero en guiar a la virgen por los misteriosos senderos que llevan de la pureza a la ignorancia y de la ignorancia a la curiosidad, haciéndola salvar con la imaginación el límite marcado a la candidez por la sospecha, infiltrando, sin saberlo, en el espíritu de la niña esa inquietud secreta que dan las grandes crisis de la vida. Todo aquello con que Lázaro la había moralmente seducido, lo superior de su inteligencia, la atracción sobre ella ejercida, cuanto él discurría y la daba expresado en frases de sencillez grandiosa, el inconsciente empeño con que dejó entreabrirse los senos de su alma para que ella viese clara la poesía del bien y del amor, contribuyeron a que Josefina, llevando a otro sus miradas, se fingiera un espejismo moral en que objetivó sus ilusiones, llegando a concebir una entidad en que palpitaron vivas todas aquellas perfecciones que la sotana del cura hacía estériles. Lázaro fue el eslabón a cuyo roce salta la chispa de que otro se aprovecha.
A poco de frecuentar Aldea la casa de los duques, empezó a dibujarse la índole del afecto que inspiró a cada uno de los tres individuos de la familia. El duque, en un principio ceremoniosamente obsequioso con la trivial cortesía del caballero que se complace viendo en su casa al personaje del día, pensó luego que bien pudiera serle útil en el porvenir la amistad de aquel hombre nacido apenas a la vida pública, y objeto ya de tantas conversaciones. Su propio valer y la suerte de su partido, la fortuna o la casualidad, podían alzarle a una posición en que su influjo fuese halago para la vanidad, o mina para la codicia. Y el duque era de los que, llevando previsoramente muy lejos sus ideas, echan cuentas sobre lo que pueden producirlos amigos. No ignoraba que todo hombre es útil en algún momento de su vida, y que ese es el instante que debe aprovecharse. Pensó en la senaduría, y añadió para sus adentros:—¡Quién sabe!—Desde que tal idea cruzó por su mente, le empezó a distinguir sobremanera; dejó de llamarle Aldea, y tomó la costumbre de llamarle Félix.
La duquesa, que al principio no sintió hacia él sino la gratitud innata de la hermosura para la galantería, fue apreciándole luego como uno de esos hombres peligrosos con quienes la coquetería de la mujer hace el papel expuesto de la imprudencia asomada a un abismo. La perspicacia de la dama, avezada a la lucha de la audacia contra la belleza, adivinó en él un adversario terrible si llegase a atacarla. Pero nadie notó que Aldea la cortejase. Sus conversaciones tenían ese carácter de afectada cordialidad que da barniz de amistad al trato de personas indiferentes; sus amables futilidades parecían exigencias del círculo que frecuentaba; sus galanterías imposición trazada por la teatral urbanidad de los salones. Tal vez a solas se entretuvieron en discreteos peligrosos, pero nadie llegó a pensar mal; ni la expresión de lo que él decía daba lugar a sospecha, ni la manera de escucharle ella significaba disimulada alegría. Tal vez en medio de una fiesta, muellemente sentada la duquesa, vuelto hacia atrás el rostro, recatándose entre el plumaje de su abanico y apoyado él en el respaldo del sillón que ella ocupaba, se encontrasen una sonrisa y una frase, como se encuentran el delito y su precio; pero el descuido, si lo hubo, de nadie fue notado; quedaron secretos los latidos que hicieron levantarse el raso a impulso del corazón, y quedó ignorada la secreta alegría de quien lo hizo palpitar. Quizá si se acercaron fue impelidos por la embriaguez que se apodera de los nervios bajo la letal influencia de la viciada atmósfera que forman las mentiras oídas, los perfumes aspirados y los resplandores que deslumbran; fueron como la rama que se inclina sobre el río mientras la violencia de la corriente alza la superficie del agua, sin que pueda notarse si los tallos la buscan, o es ella la que sube hasta manchar sus hojas.
Nada había en ellos que autorizase al mundo para suponerles unidos por un lazo más estrecho que el de la superficial amistad engendrada con el trato del medio social en que vivían. Existían en cambio poderosos indicios para suponer que, si algún exceso de galantería mostraba Félix Aldea hacia Margarita de Algalia, no eran enteramente desinteresadas sus intenciones. Cuando se le veía hablando; embelesado con Josefina, los ojos recreándose en la contemplación de su belleza, mudo y como absorto unas veces, animado otras hasta la locuacidad, comprendíase el por qué de tales dulzuras y complacencias para con la madre de aquel tesoro de discreción y hermosura. La solicitud con que a la duquesa atendía, se explicaba por el afán de acercarse a su hija. Tratando de hacerse agradable a Margarita, parecía solicitar la venia para otros diálogos en que de antemano era la plática tenida por más dulce y amena, pues Josefina cada vez se le mostraba más propicia.
Era la vez primera que Josefina escuchaba con gusto las frases galantes y las palabras cariñosas de un hombre. Cuantos hasta entonces la cortejaron, no supieron disimular bien el impulso que les animaba; unos sólo vieron en ella lo que inmoral y descaradamente se llama un buen partido; otros la esperanza de satisfacer con sus amores una vanidad pueril. Las pretensiones de aquéllos fueron siempre rechazadas con repugnancia; las de éstos miradas con desprecio. Josefina, incapaz de querer a nadie interesadamente, no admitía la idea de ser ambicionada por su oro, y sobrado discreta para confundir pruebas de amor con requiebros de salón, desoyó igualmente a los que pretendían su mano por su dinero y a los deseosos de preferencias en que fundar vanidades. Ni quiso prestarse a ser inerte objeto de un contrato, ni pudo oír con agrado las frases triviales, mejor o peor dichas, pero siempre falsas, con que el hombre pretende atraerse sonrisas y provocar miradas que pueda pregonar como favores. Cuando puesta en contacto con Félix Aldea apreció su valer y notó su inclinación por ella, se fijó primero, pensó después, vaciló luego, y finalmente llegó a decirse que aquel hombre joven y juicioso, hermoso y varonil, obsequioso sin afectación, galante sin lisonja, era quien mejor merecía, si no su amor, al menos aquella simpatía que la mujer dispensa como prólogo de más dulces concesiones. Tal vez creía verle demasiado engolfado en sus aficiones políticas; no se ocultaba a sus ojos que absorbido por la vida pública, la tranquila dicha del hogar sería en su existencia lo secundario; pero también apreciaba claramente la diferencia inmensa entre un hombre que daba el pensamiento a trabajos de gloria y los figurines movibles que hasta entonces la rodearon. Cuando, cansado por las luchas del mundo o abatido por los reveses de la suerte, Félix buscara en el hogar fuerzas y consuelos, ella, con los brazos abiertos, le brindaría reposo, y con sus frases de cariño le infundiría esa fe que el temple de las grandes almas sabe trocar en energía. Cuando la rápida pulsación de la impaciencia atormentara sus esperanzas, palpitaría también con ellas; la alegría de los triunfos sería para ambos, y la gloria que se conquistase para él sólo. Ella se contentaría con un beso el día de las victorias, endulzaría con una frase las amarguras, y lejos de pensar que el matrimonio es el egoísmo de dos, sus ensueños de ventura se lo hicieron vislumbrar como la abnegación de uno solo.