Luego de haber madurado su propósito, con la astucia propia de su índole y carácter, les juntó un día y les dijo:

—Os llamo porque ocurren grandes novedades. Estamos medio arruinados. No podemos seguir viviendo con la holgura relativa que hemos disfrutado hasta ahora. Es necesario que uno se separe de mí y de su hermano. Tengo la seguridad de conseguir un buen destino para Ultramar. Mientras cambia la fortuna, es preciso que uno de vosotros se vaya muy lejos y ayude a los que aquí quedemos. ¿Quién quiere separarse de mí? ¿Quién se quiere quedar? Resolvedlo vosotros, y decídmelo mañana.

Oyéronla ambos en silencio y aquella misma noche se reunieron a deliberar.

Valeria, descalza, para no ser sentida, fue hasta la puerta del cuarto donde estaban, y pegando la oreja al ojo de la llave escuchó todo lo que hablaron.

—¿Has oído a madre?—dijo Juan.

—Sí—repuso Pedro.

—¿Y qué dices?

—Que no me voy.

—Ni yo tampoco.

—¿Por qué?