VIII

Por fin, al comenzar el sexto año de separación, Valeria estuvo enferma, y entonces, aterrada ante la idea de morir, sintió doblegarse su entereza. Apenas convaleciente, corrió a la aldea. Su viaje le pareció un tormento, más largo que el de los cinco años transcurridos. ¿Vivirían los dos niños? ¿Cómo los encontraría? ¿Cuál sería su índole? ¿Cuál mostraría mejores sentimientos? ¿Cuál la querría más? De fijo el suyo... Pero ¿cómo le conocería?

¡Sacrificio inútil, batalla estéril contra la flaca condición humana! Aún no habían llegado aquellos seres a la edad en que se revelan el corazón y la inteligencia, y ya instintivamente ambicionaba que su hijo fuese superior al hermano pegadizo.

Le parecía que el coche no iba bastante aprisa, que los árboles de las laderas del camino eran siempre los mismos, que huía a lo lejos el horizonte prolongando la separación..., hasta que al volver un recodo próximo a la aldea, descubrió dos niños vestidos con relativo esmero. Estaban jugando bajo un gigantesco grupo de castaños, saltando sobre un espeso tapiz de musgo aterciopelado, donde el sol y las sombras del ramaje formaban maravillosos arabescos.

Al llegar el carruaje cerca de aquel sitio, mandó parar, bajó, y acercándose a los niños y conociéndolos, porque a su lado estaba la mujer del colono, los envolvió en una mirada indefinible. Clavó en ellos los ojos, quiso dirigirse primero a uno y luego a otro, vaciló, llenarónsele las mejillas de lágrimas, y por último, extendiendo abiertos los brazos, cogió a los dos al mismo tiempo, les atrajo contra su pecho..., los apartó, tornó a mirarlos, y enloquecida de dudas y alegrías, apretándoles de nuevo contra sí, abarcando juntas las cabezas, se las cubrió de besos y caricias, mientras la aldeana, que la reconoció en seguida, gritaba con su dulce acento gallego:—«Juan, está quieto;—Pedro non te vayas.»

La mujer de alma grande tenía logrado su propósito. No sabía cuál era el que había parido.

IX

Pasaron años. Desde que Valeria recogió los niños de manos del Santo hasta que se hicieron hombres no le causaron más penas que los disgustillos que dan de sí la infancia y la primera época de la juventud: jugarretas, trastadas, bromas y travesuras. Llegada la edad de la razón, Juan y Pedro fueron buenísimos para ella. Sus corazones no cesaban de brotar y consagrarle nuevos tesoros de ternura. ¿Quién la quería mas? Era imposible averiguarlo. Del carácter sensato y juicioso del uno, de las genialidades prontas e irreflexivas del otro, surgían continua e inesperadamente pruebas de amor filial. Ella, en tanto, hoy mimaba a Juan, mañana prefería a Pedro, igual cariño profesaba a los dos, pero cariño ciego, vacilante, inseguro, como si viviese condenado a la incertidumbre de su propia sinceridad. Ambos ante su conciencia eran hijos suyos, mas siempre le quedaba en el fondo del alma la duda, nunca satisfecha; la esperanza, jamás colmada, de que el mejor fuese el que ella había llevado en las entrañas.

Andando el tiempo, Valeria, exclusivamente dedicada a estudiar aquellas dos almas, hizo un descubrimiento que la llenó de angustia. Ambos tenían novia y cada cual quería a la suya, no con un sentimiento vulgar y pasajero, sino con pasión digna de ellos. Aquella era la ocasión de probarles.

Había pagado su deuda haciéndoles buenos y felices: ninguno tenía derecho a proferir la menor queja: ella lo tenía a saber cuál era su verdadero hijo, forjándose la ilusión de creer que lo sería el que mostrase quererla más. En otro tiempo le cegó la gratitud: ahora le cegaba el ansia de cariño.