—¿Sin despedirme?

—V. ya es de casa.

—¡Ojalá!

—¿Por qué?

Ruiloz, sin contestar a esta pregunta, siguió:

—Me he quedado para hablar con V.

—¿Conmigo?

—Sí; V. es aquí tal vez la única persona con quien se puede hablar claramente del gravísimo estado de esa pobre señora. ¿Para qué mortificar más a su madre y a su marido?

—¿Cree V. que hoy está peor?

—Sí; y quisiera hacer una prueba con ayuda de V. Si V. no se hubiese quedado hoy a velarla, habría esperado, porque para lo que intento, no puedo fiarme del marido, a quien la emoción quitaría serenidad, ni menos de la madre...