—V. dirá lo que se debe hacer.

Ruiloz miró hacia doña Carmen para convencerse de que seguía durmiendo, y sacando del bolsillo los dos frasquitos, el del agua clara y el de agua teñida de amarillo, dijo enseñándolos a Julia y refiriéndose al segundo:

—Este es un medicamento de una violencia excepcional; hay que emplearlo con la mayor precaución; no hay veneno que se le iguale.

—¿Y cómo se da eso?

—Ahora lo sabrá V. Clotilde habrá tomado esta tarde poco alimento...

—Muy poco.

—Probablemente se despertará, y entonces le da V. dos cucharadas de lo contenido en el frasco grande. Tal vez siga tranquila, y en ese caso, nada. Pero lo casi seguro es que sobrevenga una excitación muy fuerte, y entonces le da V. cuatro o seis gotas de lo del frasquito amarillo. Muchísimo cuidado: es absolutamente necesario que la excitación sea indudable y fuerte, porque si toma el segundo medicamento sin haberse producido la alteración, en situación normal... la muerte sería cosa de dos horas. ¿Me ha comprendido V. bien?

—Creo que sí—repuso temblando.

—Al ponerse agitada, nerviosa, casi delirante, el frasco amarillo; y, no lo olvide V., si esa excitación no viene, dárselo es matarla.

En seguida Ruiloz, aparentando la indiferencia con que suelen hablar los médicos de estas cosas, se despidió y salió, dejándola con los dos frascos sobre el velador y llena de sobresalto el alma.