Realmente aquello era un engaño, sólo posible con una persona ignorante en cosas de medicina; mas la situación de Julia no dejaba por eso de ser tremenda.

La casualidad, acaso la Providencia, ponía en sus manos la existencia de Clotilde. Estaba moribunda, su vida pendía de un hilo, y ese hilo ella podía cortarlo con completa irresponsabilidad... ¿Matarla? no: no más que adelantarle un poco la hora de la muerte, y la impunidad sería absoluta, nadie había de saberlo. Con decir que sobrevino la agitación prevista por el doctor y que le dio el segundo medicamento...

Sí; aquella era la hora de la venganza, el momento de la expiación, tan fácil como nunca pudo soñarla un espíritu rencoroso. Además, ¿quién iba a sospechar de ella, cuando el médico sería el primero que la pusiese a salvo?

Ruiloz lo calculó todo de un modo diabólico. Las dos supuestas medicinas eran agua: ni la primera había de causar agitación, ni la segunda podía producir la muerte; pero si Julia daba la última, su intención no ofrecería duda de ningún género: habría mentido al decir que vino la excitación, y habría demostrado, sólo para Ruiloz, el deseo de abreviar la vida de Clotilde. En una palabra, Ruiloz iba a penetrar en el alma de Julia: si ésta procuraba la muerte de Clotilde, era señal de que seguía enamorada de Javier, o de que sin amarle era rencorosa hasta la perversidad, e indigna de ser querida; si lo contrario, demostraría primero que su corazón era incapaz de venganza, y tal vez que su amor a Javier era sentimiento extinguido.

De esta suerte quedaron ambos al separarse, lleno de confusión el pensamiento: Ruiloz porque aquella prueba había de revelarle el temple y la índole de la mujer querida, y Julia porque a solas con su conciencia imaginaba ser juez en causa propia.

¡Qué noche tan larga... y qué ideas tan negras!

Pero su voluntad no vaciló, la entereza de su virtud no desfalleció un instante; mas la imaginación... a esa ¿quién le corta las alas?

Al través de los vidrios y visillos de las ventanas se veían lucir las estrellas; turbaban el silencio los ruidos característicos del campo; ya el campanilleo de una recua, ya el rechinar de un carro, ya los graznidos de las aves rapaces que buscaban nidos entre la espesura del ramaje.

A las tres de la madrugada la enferma pidió agua; Julia se la dio. La tentación no había hecho presa en su alma, y sin embargo, todo su cuerpo temblaba, no por miedo al delito, sino sólo ante la facilidad de poder ejecutarlo.

—Te tiembla la mano—dijo Clotilde con voz débil al tomar el vaso.