»A las pocas horas de recibida esta triste noticia, llegué al Havre. El accidente a que se refería el cónsul había sido horrible. En el momento en que, recién llegado de Nueva York, saltaba Manuel desde el vapor que le había traído, al bote que debía conducirle hasta el muelle, estaban en la entrada del puerto dos ingenieros holandeses haciendo las primeras pruebas de una lancha movida por un aparato de su invención, llamado «propulsor de reacción». Quizá, como señora, no entienda V. bien lo que esto significa, ni esta es ocasión de explicárselo. Bástele a V. saber que se trata de un nuevo sistema de locomoción marítima, sin ayuda de remos, velas, vapor ni electricidad.

»La mañana estaba hermosísima; miles de curiosos llenaban los muelles; el lanchón de los holandeses, que surcaba las aguas con pasmosa velocidad, pasó junto al bote en que venía Manuel.

»Este, como buen ingeniero y apasionado de su profesión, quiso presenciar a corta distancia el experimento, y para lograrlo, dio propina a los remeros, diciéndoles que siguiesen de cerca a la embarcación de los inventores.

»Pocos momentos después, el aparator motor que manejaban los holandeses, cargado con sustancias químicas, estalló, causando varias víctimas.

»Uno de los que lo manejaban quedó muerto en el acto; el que hacia de timonel sufrió graves quemaduras, y nuestro pobre Manolo, que tan imprudentemente se había aproximado, recibió en la cara gran parte de la carga química que debía mover el malhadado invento.

»Los remeros, viéndole caer sobre las tablas del bote con el rostro ensangrentado, le trajeron inmediatamente a tierra.

»Las heridas son, como dicen los médicos, de pronóstico reservado; mas por lo que yo he podido comprender, el pobre Manuel quedará ciego.

»Fue llevado al hospital de marina, y de allí, con grandes precauciones, le traje a París en cuanto lo permitió la prudencia. No está en peligro su vida, por fortuna, pero repito que la pérdida de ambos ojos parece inevitable: sólo un milagro puede hacer que estos temores no se cumplan. Ya ve V. lo cruel que sería comunicarle ahora todo lo que V. me dice en su carta sobre la enfermedad y la resolución de la desgraciada Felisa.

»¿Querrá ella, después de leer estas líneas, renunciar a su propósito? ¿Qué resolverá? Ni puedo ni quiero adelantarme a interpretar su voluntad, que acaso se modifique dadas las circunstancias.

»El desdichado ignora la gravedad de su situación; supone que se curará por completo; cree que verá pronto, y a quien más desea ver es a su Felisa.