REGLA 6ª.
Antes de leer una historia es muy importante leer la vida del historiador.
Casi me atreveria á decir que esta regla, por lo comun tan descuidada, es de las que deben ocupar el lugar mas distinguido. En cierto modo se halla ya contenida en lo que llevo dicho mas arriba (Cap. VIII); pero no será inútil haberla establecido por separado, siquiera para tener ocasion de ilustrarla con algunas observaciones.
Claro es que no podemos saber qué medios tuvo el historiador para adquirir el conocimiento de lo que narra, ni el concepto que debemos formar de su veracidad, si no sabemos quién era, cuál fué su conducta, y demas circunstancias de su vida. En el lugar en que escribió el historiador, en las formas políticas de su patria, en el espíritu de su época, en la naturaleza de ciertos acontecimientos, y no pocas veces en la particular posicion del escritor, se encuentra quizas la clave para explicar sus declamaciones sobre tal punto, su silencio ó reserva sobre tal otro; porqué pasó sobre este hecho con pincel lijero, porqué cargó la mano sobre aquel.
Un historiador del revuelto tiempo de la Liga no escribia de la misma suerte que otro del reinado de Luis XIV; y trasladándonos á épocas mas cercanas, las de la revolucion, de Napoleon, de la restauracion, y de la dinastía de Orleans, han debido inspirar al escritor otro estilo y lenguaje. Cuando andaban animadas las contiendas entre los papas y los príncipes, no era por cierto lo mismo publicar una memoria sobre ellas, en Roma, Paris, Madrid ó Lisboa. Si sabeis donde salió á luz el libro que teneis en la mano, os haréis cargo de la situacion del escritor; y así supliréis aquí, cercenaréis allá; en una parte descifraréis una palabra oscura, en otra comprenderéis un circunloquio; en esta página apreciaréis en su justo valor una protesta, un elogio, una restriccion; en aquella adivinaréis el blanco de una confesion, de una censura, ó señalaréis el verdadero sentido á una proposicion demasiado atrevida.
Pocos son los hombres que se sobreponen completamente á las circunstancias que los rodean: pocos son los que arrostran un gran peligro por la sola causa de la verdad; pocos son los que en situaciones críticas no buscan una transaccion entre sus intereses y su conciencia. En atravesándose riesgos de mucha gravedad, el mantenerse fiel á la virtud es heroismo, y el heroismo es cosa rara.
Ademas que no siempre puede decirse que haya obrado mal un escritor, por haberse atemperado á las circunstancias, si no ha vulnerado los derechos de la justicia y de la verdad. Casos hay en que el silencio es prudente y hasta obligatorio; y por lo mismo, bien se puede perdonar á un escritor el que no haya dicho todo lo que pensaba, con tal que no haya dicho nada contra lo que pensaba. Por mas profundas que fuesen las convicciones de Belarmino sobre la potestad indirecta, ¿habriais exigido de él, que se expresase en Paris de la misma suerte que en Roma? Esto hubiera equivalido á decirle: «hablad de manera, que tan pronto como el Parlamento tenga noticia de vuestra obra, sean recogidos los ejemplares á mano armada, quemado quizas uno de ellos por la mano del verdugo, y vos expulsado de Francia ó encerrado en un calabozo.»
El conocimiento de la posicion particular del escritor, de su conducta, moralidad, carácter, y hasta de su educacion, ilustran muchísimo al lector de sus obras. Para formar juicio de las palabras de Lutero sobre el celibato, servirá no poco el saber que quien habla es un fraile apóstata, casado con Catalina de Boré; y quien haya tenido paciencia bastante para ruborizarse mil veces hojeando las impudentes confesiones de Rousseau, será bien poco accesible á ilusiones, cuando el filósofo de Ginebra le hable de filantropía y de moral.
REGLA 7ª.
Las obras póstumas publicadas por manos desconocidas ó poco seguras, son sospechosas de apócrifas ó alteradas.