Estas condiciones ventajosas de que disfrutaban los esclavos de la Iglesia, eran de mucho más valor, á causa de una disciplina que se había introducido que se las hacía inadmisibles. Si los esclavos de la Iglesia hubieran podido pasar á manos de otros dueños, venido este caso, se habrían hallado sin derecho á los beneficios que recibían los que continuaban bajo su poder; pero felizmente estaba permitido el permutar esos esclavos por otros, y, si salían del poder de la Iglesia, era quedando en libertad. De esta disciplina tenemos un expreso testimonio en las Decretales de Gregorio IX (l. 3, t. 19, c. 3 y 4); y es notable que en el documento que allí se cita, son tenidos los esclavos de la Iglesia como consagrados á Dios, fundándose en esto la disposición de que no puedan pasar á otras manos, y que no salgan de la Iglesia, á no ser para la libertad. Se ve también allí mismo que los fieles, en remedio de su alma, solían ofrecer los esclavos á Dios y á sus santos; y, pasando así al poder de la Iglesia, quedaban fuera del comercio común, sin que pudiesen volver á servidumbre profana. El saludable efecto que debían producir esas ideas y costumbres, en que se enlazaba la religión con la causa de la humanidad, no es menester ponderarlo: basta observar que el espíritu de la época era altamente religioso, y que todo cuanto se asía del áncora de la religión estaba seguro de salir á puerto.
La fuerza de las ideas religiosas que se andaban desenvolviendo cada día, dirigiendo su acción á todos los ramos, se enderezaba muy particularmente á substraer por todos los medios posibles al hombre del yugo de la esclavitud. Á este propósito, es muy digna de notarse una disposición canónica del tiempo de San Gregorio el Grande. En un concilio de Roma, celebrado en el año 597, y presidido por este Papa, se abrió á los esclavos una nueva puerta para salir de su abyecto estado, concediéndoles que recobrasen la libertad aquellos que quisiesen abrazar la vida monástica. Son dignas de notarse las palabras del Santo Papa, pues que en ellas se descubre el ascendiente de los motivos religiosos, y cómo iban prevaleciendo sobre todas las consideraciones é intereses mundanos. Este importante documento se encuentra entre las epístolas de San Gregorio, y se hallará en las notas al fin de este tomo.
Sería desconocer el espíritu de aquellas épocas el figurarse que semejantes disposiciones quedasen estériles; no era así, sino que causaban los mayores efectos. Puédenos dar de ello una idea lo que leemos en el decreto de Graciano (Distin. 54, c. 12), donde se ve que rayaba la cosa en escándalo; pues que fué menester reprimir severamente el abuso de que los esclavos huían de sus amos ó se iban con pretexto de religión á los monasterios; lo que daba motivo á que se levantasen por todas partes quejas y clamores. Como quiera, y aun prescindiendo de lo que nos indican esos abusos, no es difícil conjeturar que no dejaría de cogerse abundante fruto, ya por procurarse la libertad de muchos esclavos; ya también porque los realzaría en gran manera á los ojos del mundo, el verlos pasar á un estado, que luego fué tornando creces, y adquiriendo inmenso prestigio y poderosa influencia.
Contribuirá no poco á darnos una idea del profundo cambio que por esos medios se iba obrando en la organización social, el pararnos un momento á considerar lo que acontecía con respecto á la ordenación de los esclavos. La disciplina de la Iglesia sobre este punto era muy consecuente con sus doctrinas. El esclavo era un hombre como los demás, y por esta parte podía ser ordenado lo mismo que el primer magnate; pero, mientras estaba sujeto á la potestad de su dueño, carecía de la independencia necesaria á la dignidad del augusto ministerio, y por esta razón se exigía que el esclavo no pudiese ser ordenado, sin ser antes puesto en libertad. Nada más razonable, más justo ni más prudente que esta limitación en una disciplina que, por otra parte, era tan noble y generosa; en esa disciplina que por sí sola era una protesta elocuente en favor de la dignidad del hombre, una solemne declaración de que, por tener la desgracia de estar sufriendo la esclavitud, no quedaba rebajado del nivel de los demás hombres, pues que la Iglesia no tenía á mengua el escoger sus ministros entre los que habían estado sujetos á la servidumbre; disciplina altamente humana y generosa, pues que, colocando en esfera tan respetable á los que habían sido esclavos, tendía á disipar las preocupaciones contra los que se hallaban en dicho estado, y labraba relaciones fuertes y fecundas, entre los que á él pertenecían, y la más acatada clase de los hombres libres.
En esta parte llama sobremanera la atención el abuso que se había introducido de ordenar á los esclavos sin consentimiento de sus dueños: abuso muy contrario, en verdad, á los sagrados cánones, y que fué reprimido con laudable celo por la Iglesia, pero que, sin embargo, no deja de ser muy útil al observador para apreciar debidamente el profundo efecto que andaban produciendo las ideas é instituciones religiosas. Sin pretender disculpar en nada lo que en eso hubiera de culpable, bien se puede hacer también méritos del mismo abuso; pues que los abusos muchas veces no son más que exageraciones de un buen principio. Las ideas religiosas estaban mal avenidas con la esclavitud, ésta se hallaba sostenida por las leyes, y de aquí esa lucha incesante que se presentaba bajo diferentes formas, pero siempre encaminada al mismo blanco, á la emancipación universal. Con mucha confianza se pueden emplear en la actualidad ese linaje de argumentos, ya que los más horrendos atentados de las revoluciones los hemos visto excusar con la mayor indulgencia, sólo en gracia de los principios de que estaban imbuídos los revolucionarios, y de los fines que llevaba la revolución, que eran el cambiar enteramente la organización social.
Curiosa es la lectura de los documentos que sobre este abuso nos han quedado, y que pueden leerse por extenso al fin de este volumen, sacados del Decreto de Graciano. (Dist. 54, c. 9, 10, 11, 12.) Examinándolos con detenimiento se echa de ver: 1.º Que el número de esclavos que por este medio alcanzaban libertad era muy numeroso, pues que las quejas y los clamores que en contra se levantan son generales. 2.º Que los obispos estaban por lo común á favor de los esclavos, que llevaban muy lejos su protección, y que procuraban realizar de todos modos las doctrinas de igualdad, pues que se afirma allí mismo que casi ningún obispo estaba exento de caer en esa reprensible condescendencia. 3.º Que los esclavos, conociendo ese espíritu de protección, se apresuraban á deshacerse de las cadenas, y arrojarse en brazos de la Iglesia. 4.º Que ese conjunto de circunstancias debía de producir en los ánimos un movimiento muy favorable á la libertad, y que, entablada tan afectuosa correspondencia entre los esclavos y la Iglesia, á la sazón tan poderosa é influyente, debió de resultar que la esclavitud se debilitase rápidamente, caminando los pueblos á esa libertad que siglos adelante vemos llevada á complemento.
La Iglesia de España, á cuyo influjo civilizador han tributado tantos elogios hombres por cierto poco adictos al Catolicismo, manifestó también en esta parte la altura de sus miras y su consumada prudencia. Siendo tan grande como hemos visto el celo caritativo á favor de los esclavos, y tan decidida la tendencia á elevarlos al sagrado ministerio, era conveniente dejar un desahogo á ese impulso generoso, conciliándole, en cuanto era dable, con lo que demandaba la santidad del ministerio. Á este doble objeto se encaminaba sin duda la disciplina que se introdujo en España de permitir la ordenación de los esclavos de la Iglesia, manumitiéndolos antes, como lo dispone el canon 74 del 4.º concilio de Toledo, celebrado en el año 633, y como se deduce también del canon 11 del 9.º concilio también de Toledo, celebrado en el año 655, donde se manda que los obispos no puedan introducir en el clero á los siervos de la Iglesia sin haberles dado antes libertad.
Es notable que esta disposición se ensanchó en el canon 18 del concilio de Mérida, celebrado en el año 666, donde se concede, hasta á los curas párrocos, el escoger para sí clérigos entre los siervos de su iglesia, con la obligación, empero, de mantenerlos según sus rentas. Con esta disciplina sin cometer ninguna injusticia se salvaban todos los inconvenientes que podía traer consigo la ordenación de los esclavos; y, además, se conseguían muy benéficos resultados por una vía más suave: porque, ordenándose siervos de la misma iglesia, era más fácil que se los pudiera escoger con tino, echando mano de aquellos que más lo merecieran por sus dotes intelectuales y morales: se abría también ancha puerta para que pudiese la Iglesia emancipar sus siervos, haciéndolo por un conducto tan honroso, cual era el de inscribirlos en el número de sus ministros, y, finalmente, dábase á los legos un ejemplo muy saludable, pues que, si la Iglesia se desprendía tan generosamente de sus esclavos, y era en este punto tan indulgente, que, sin limitarse á los obispos, extendía la facultad hasta á los curas párrocos, no debía tampoco ser tan doloroso á los seglares el hacer algún sacrificio de sus intereses en pro de la libertad de aquellos que pareciesen llamados á tan santo ministerio.