Y ahora podremos preguntar á M. Guizot, cuáles han sido las otras causas, las otras ideas, los otros principios de civilización, cuyo completo desarrollo, según nos dice, ha sido necesario para que triunfase al fin la razón, de la más vergonzosa de las iniquidades. Esas causas, esas ideas, esos principios de civilización que, según él, ayudaron á la Iglesia en la abolición de la esclavitud, menester era explicarlos, indicarlos cuando menos; que así el lector hubiera podido evitarse el trabajo de buscarlos como quien adivina. Si no brotaron del seno de la Iglesia, ¿dónde estaban? ¿Estaban en los restos de la civilización antigua? Pero los restos de una civilización destrozada, y casi aniquilada, ¿podrían hacer lo que no hizo ni pensó hacer jamás esa misma civilización cuando se hallaba en todo su vigor, pujanza y lozanía? ¿Estaban quizás en el individualismo de los bárbaros, cuando este individualismo era inseparable compañero de la violencia, y, por consiguiente, debía ser una fuente de opresión y esclavitud? ¿Estaban quizás en el patronazgo militar, introducido, según Guizot, por los mismos bárbaros, que puso los cimientos de esa organización aristocrática, convertida más tarde en feudalismo? Pero, ¿qué tenía que ver ese patronazgo con la abolición de la esclavitud, cuando era lo más á propósito para perpetuarla en los indígenas de los países conquistados, y extenderla á una porción considerable de los mismos conquistadores? ¿Dónde está, pues, una idea, una costumbre, una institución que, sin ser hija del Cristianismo, haya contribuído á la abolición de la esclavitud? Señálese la época de su nacimiento, el tiempo de su desarrollo; muéstresenos que no tuvo su origen en el Cristianismo, y entonces confesaremos que él no puede pretender exclusivamente el honroso título de haber abolido estado tan degradante; y no dejaremos por eso de aplaudir y ensalzar aquella idea, costumbre ó institución que haya tomado una parte en la bella y grandiosa empresa de libertar á la humanidad.

Y ahora, bien se puede preguntar á las Iglesias protestantes, á esas hijas ingratas que, después de haberse separado del seno de su madre, se empeñan en calumniarla y afearla: ¿dónde estabais vosotras cuando la Iglesia católica iba ejecutando la inmensa obra de la abolición de la esclavitud? ¿Cómo podréis achacarle que simpatiza con la servidumbre, que trata de envilecer al hombre, de usurparle sus derechos? ¿Podréis vosotras presentar un título, que así os merezca la gratitud del linaje humano? ¿Qué parte podéis pretender en esa grande obra, que es el primer cimiento que debía echarse para el desarrollo y grandor de la civilización europea? Solo, sin vuestra ayuda, la llevó á cabo el Catolicismo; y solo hubiera conducido á la Europa á sus altos destinos, si vosotras no hubierais venido á torcer la majestuosa marcha de esas grandes naciones, arrojándolas desatentadamente por un camino sembrado de precipicios: camino cuyo término está cubierto con densas sombras, en medio de las cuales sólo Dios sabe lo que hay.[15]


NOTAS:

[1] Pág. 11.—La historia de las variaciones de los protestantes, de Bossuet, es una de aquellas obras que agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad. Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho católico, abandonando la religión protestante, en que había sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la relación del efecto que le produjo su lectura; dice así: «En la Historia de las variaciones, ataque tan vigoroso como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente, llevan el carácter del error, mientras que la no interrumpida unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la infalible verdad: leí, aprobé, creí.» (Gibbon, Memorias.)

[2]Pág. 13.—Lutero, á quien se empeñan todavía algunos en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamado de Captivitate Babilonica, y, enojado este por semejante atrevimiento, escribe al Rey, llamándole sacrílego, loco, insensato, el más grosero de todos los puercos y de todos los asnos. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito. Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto, no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo, así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que, lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia, hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió Lutero su carácter, llamándolos hombres condenados, insensatos, blasfemos. Cuando así trataba á sus compañeros disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores de Lovaina verdaderas bestias, puercos, paganos, epicúreos, ateos; que prorrumpiese en otras expresiones que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna de los magistrados; que en este punto sólo podía caber arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada; y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería fácil aducir muchas otras pruebas.

No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía, escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano! La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que da á sus adversarios. Malvados, tunantes, borrachos, locos, furiosos, rabiosos, bestias, toros, puercos, asnos, perros, viles esclavos de Satanás: he aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría añadir, si no temiese fastidiar á los lectores!

[3]Pág. 14.—En la dieta de Espira se había hecho un decreto que contenía varias disposiciones relativas al cambio de religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse á este decreto y presentaron una protesta; de aquí vino que los disidentes empezaron á llamarse protestantes. Como este nombre es la condenación de las Iglesias separadas, han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos, pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio, sino á la Biblia. Llámanse también á veces reformados, y algunos suelen apellidar al Protestantismo Reforma; pero basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad. Revolución religiosa le cuadraría mucho mejor.

[4]Pág. 15.—El conde de Maistre, en su obra Del Papa, ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombre positivo y propio, con que se llama ella á sí misma, y hace que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice, es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en persona podría escribir sobre la puerta de su casa: Palacio de Artemisa. La dificultad está en obligar á los demás á darnos el nombre que nosotros escogemos.»