No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.» Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos, montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi esse Sinagogam. (Hieron., lib. adversus Luciferanios.) «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «Tenet me in Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum, vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere.» (S. Aug.) Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello testimonio los que han visitado aquellos países en que hay diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo xvii y que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los llaman luteranos y calvinistas. Singuli volunt dici catholici et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur.» (Caramuel.) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa que debieran pesar los heterodoxos: esto es, que á excepción del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes llama católicos á los romanos.» (Habitavi in haereticorum civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos.) Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que estos argumentos son algo más que sutilezas.

[5]Pág 36.—Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha exagerado su influencia en los desastres que en los últimos siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo, por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las historia de Fleury.

Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos. Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa, de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad y la corrupción humanas; segunda, que en todas épocas la Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego, asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca también la correspondiente disposición canónica que lo reprime ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos, sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables. En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era necesario que hubiese escándalos, no porque nadie se halle forzado á darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de haberlos.

[6]Pág. 45.—Ese concierto, esa unidad, que se descubren en el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas. Si no suponemos que hay aquí el dedo de Dios, ¿cómo será posible explicar ni concebir la duración del centro de la unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica. Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí mismo. Helo aquí:

NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPA
El muy santo Obispo de la Iglesia Católica.En el concilio de Soissons de 300 Obispos.
El muy santo y muy feliz Patriarca.Ibíd., tomo 7. Concil.
El muy feliz Señor.S. Agustín., Ep. 95.
El Patriarca universal.S. León P, Ep. 62.
El Jefe de la Iglesia del mundo.Innoc. ad PP. Concili. Milevit.
El Obispo elevado á la cumbre apostólica.S. Cipr., Ep. 3 et 12.
El Padre de los Padres.Concil. de Calced., ses. 3.
El Soberano Pontífice de los Obispos.Ibíd. in praef.
El Soberano Sacerdote.Concil. de Calced., ses. 16.
El Príncipe de los Sacerdotes.Esteban Ob. de Cartago.
El Prefecto de la Casa de Dios, y el Custodio y Guarda de la viña del Señor.Concil. de Cartago, Ep. ad Damasum.
El Vicario de Jesucristo, y el Confirmador de la fe de los cristianos.S. Jerón., praef. in Evang. ad Damasum.
El Sumo Sacerdote.Valentiniano y toda la antigüedad.
El Soberano Pontífice.Concil. de Calced., in Ep. ad Theod. Imper.
El Príncipe de los Obispos.Ibíd.
El Heredero de los apóstoles.S. Bern., lib. de Consid.
Abrahán por el Patriarcado.S. Ambros., in 1 ad Tim., 3.
Melquisedech por el orden.Concil. de Calced., Epist. ad Leonem.
Moisés por la autoridad.S. Bern., Epist. 190
Samuel por la jurisdicción.Ibíd. et in lib. de Consid.
Pedro por el poder.Ibíd.
Cristo por la unción.Ibíd.
El Pastor del aprisco de Jesucristo.Ibíd., lib. 2, Consid.
El Llavero de la Casa de Dios.Idem idem, cap. 8.
El Pastor de todos los pastores.Ibíd.
El Pontífice llamado á la plenitud del poder.Ibíd.
San Pedro fué la boca de Jesucristo.S. Crisóst., Homil. 2, in divers. serm.
La Boca y el Jefe del apostolado.Orig., Hom. 55, in Matth.
La Cátedra y la Iglesia principal.S. Cipr., Ep. 55, ad Corn.
El Origen de la unidad sacerdotal.S. Cipr., Epist. 3,2
El Lazo de la unidad.Idem ibíd., 4,2.
La Iglesia donde reside el poder principal.Idem ibíd., 3,8.
La Iglesia Raíz y Matriz de todas las demás Iglesias.S. Anaclet. Pap., Epist. ad om. Episc. et fidel.
La Sede sobre la cual ha construído el Señor la Iglesia universal.S. Dámas., Ep., ad univ. Episc.
El Punto Cardinal y el Jefe de todas las Iglesias.S. Marcelin., Pap., Epist. ad Episc. Antioc.
El Refugio de los Obispos.Conc. de Alex., Ep. ad Felic. P.
La Suprema Sede Apostólica.S. Atanas.
La Iglesia presidente.Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de SS. Trinit.
La Sede Suprema que no puede ser juzgada por otra.S. León, in nat. SS. Apost.
La Iglesia antepuesta á todas las demás Iglesias.Víctor de Utica, in lib. de perfect.
La primera de todas las Sedes.S. Próspero, lib. de Ingrat.
La Fuente apostólica.S. Ignat., Ep. ad Rom, in Suscript.
El Puerto segurísimo de toda la Comunión Católica.Concil. Rom. por S. Gelasio.

[7] Pág. 54.—He dicho que los más distinguidos protestantes sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de los concilios y refugiarnos en ellos.» (Si diutius steterit mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea confugiamus.)

Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se necesitan inspectores para conservar el orden, observar atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico, velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos, sería menester crearlos. La monarquía del Papa serviría también mucho para conservar entre tan diversas naciones la uniformidad de la doctrina.»

Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.» (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illi unum Antistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in unitate continerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.)

«Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y, levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra. Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice, ¿en qué punto de la religión convienen? Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro como impía.» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae quas describis cogitationes: video nostros palantes omni doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream Duditium.)

Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que han creído que había muerto católico. Los protestantes le acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los católicos que le habían tratado en París, pensaban de la misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que Grocio en su obra titulada De Antichristo no piensa como los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es que en otra obra publicada, Votum pro pace Ecclesiae, dice redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»; lo cierto es que en su obra póstuma, Rivetiani apologetici discussio, asienta abiertamente el principio fundamental del Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la sola Sagrada Escritura.»