Á la vista de tales datos, es evidente que el esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad de pensar, es, en boca de M. Guizot, una palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun á expensas de la consecuencia en sus propias opiniones. Desechó las rivalidades políticas y apela luego á ellas; no da importancia á la influencia de los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la lección antecedente había asentado que, si se hubiera hecho á tiempo una reforma legal tan oportuna y necesaria, tal vez se hubiera evitado la revolución religiosa: traza un cuadro en que se propone presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse á consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posición y las relaciones de la inteligencia, y se detiene en la pompa y aparato exterior, recuerda las rivalidades políticas, y, abatiendo su vuelo, hasta desciende al terreno de los tributos.
Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido de los propios asertos, sólo podrá parecer extraño á quien esté más acostumbrado á admirar el vuelo de los grandes talentos que á estudiar la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en tal posición, que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque, si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al observador á la colección de una serie de hechos aislados, más bien que á la formación de un cuerpo de ciencia, también es cierto que, divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre peligro de alucinarse á cada paso; también es cierto que la demasiada generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces, alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el conjunto de los objetos, llega á no verlos como son en sí, quizás hasta los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los más elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: «no alas, sino plomo».
M. Guizot tenía demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos; además, tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer justicia á la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí: columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo espíritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo, de la época en que hablaba, presintió que, para ser bien acogidos sus discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando libertad; templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían de obscurecer el cuadro.
Á no ser así, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano, no era necesario recurrir á parangones injustos; no hubiera caído en la incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raíz del hecho en el propio carácter del espíritu humano, y hubiera explicado su gravedad y transcendencia, con sólo recordar la naturaleza, posición y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareció. Habría notado que no hubo allí un esfuerzo extraordinario, sino una simple repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común, que tomó un carácter especial, á causa de la particular disposición de la atmósfera que le rodeaba.
Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común, agrandado, empero, y extendido á causa de las circunstancias de la sociedad en que nació, me parece tan filosófico como poco reparado: y así presentaré otra proposición, que nos suministrará juntamente razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas, de tres siglos á esta parte, que todos los hechos que en ellas se verifiquen, han de tomar un carácter de generalidad, y, por tanto, de gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados, empero, en otras épocas en que era diferente el estado de las sociedades. Dando una ojeada á la historia antigua, observaremos que todos los hechos tenían cierto aislamiento, por el cual ni eran tan provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos. Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos, más ó menos adelantados en la carrera de la civilización, siguen cada cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las costumbres, las formas políticas se sucedían unas á otras; pero no se descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro; ese espíritu propagador que tiende á confundirlos á todos en un mismo centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtión, se conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy cercanos, conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías, sin experimentar á causa del contacto considerables mudanzas.
Observad, empero, cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución en un país afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone en agitación á los pueblos, y en alarma á los gobiernos: nada hay aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma expansión una fuerza terrible. He aquí por qué no es posible estudiar la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte, sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que no son ni científicos, ni artísticos: y es porque todos los pueblos se asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no tomen interés, y aun parte si es posible, todos los demás; y he aquí por qué, concretándonos á la política, es y será siempre una idea sin aplicaciones la de no intervención; pues no se ha visto jamás que cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.
Estos ejemplos, tomados de los órdenes políticos, literarios y artísticos, me parecen muy á propósito para dar á entender mi idea sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien despojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho á suponerse como un pensamiento que, lleno de previsión y de proyectos grandiosos, encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su extensión, en nada limitan el hecho; antes sí indican la verdadera causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente.
Desde el punto de vista que acabo de señalar, todo se descubre en su verdadero tamaño: los hombres apenas figuran, casi desaparecen; los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se reducen á suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más ó menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa se excluye; sólo que se las coloca á todas en su lugar, no se permite la exageración en su influencia, y, señalándose una principal, no deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento y desarrollo debieron de obrar un sinnúmero de agentes. Y, cuando se llega á una cuestión capital en la materia; cuando se pregunta la causa del odio, de la exasperación, que han manifestado los sectarios contra Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos de su parte, si no hace sospechar su sinrazón, se puede responder tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta braman furiosas contra la roca inmóvil que las resiste.
Tan lejos estoy de atribuir á los abusos la influencia que muchos les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del Protestantismo, que estoy convencido de que, por más reformas legales que se hubieran hecho, por más condescendiente que se hubiera manifestado la autoridad eclesiástica en acceder á demandas y exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco más ó menos, la misma desgracia.