Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su historia, para desconocer que era ésta una de aquellas grandes calamidades que sólo Dios, por providencia especial, es bastante á evitarlas.[5]


CAPITULO III

La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la divinidad de la Iglesia católica.

Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que, atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número considerable de sabios.

Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino como escuela filosófica.

Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que, en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos, no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el orden regular de las cosas.

Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas; pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos, conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares, muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina, y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad, rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras, se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre sus cabezas.

Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano; los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta un hombre que se apellida Papa, no son tan sólo los sencillos é ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle: habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible, bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra en otra parte.