[194.] Recordando lo que se ha dicho (Cap. X) podemos notar que las causas finales forman una serie distinta de las eficientes; y que lo que en estas es accion física, es en aquellas influencia moral. En la pintura de un cuadro, la serie de la causalidad eficiente, es esta: el pincel, la mano, los músculos, los espíritus animales, el imperio de la voluntad. Con esta serie, siempre necesaria para que el cuadro se pinte, se pueden combinar diferentes series de causalidad final. El artista puede haberse propuesto las que siguen. Lucir su ingenio y esto para adquirir fama, y la fama para disfrutar el placer que se experimenta con una nombradía gloriosa. Otra serie: contentar una persona, para quien se trabaja el cuadro; y esto para que la persona pague una cantidad de dinero; y el dinero, ó para las necesidades del artista, ó para sus placeres. Otra: buscar en la pintura la distraccion de una pesadumbre; y esto para conservar la salud. Es evidente que se pueden excogitar muchas series de una influencia puramente moral ó intelectual, series que solo concurren á la produccion del efecto en cuanto se combinan con la serie eficiente, influyendo en la determinacion del artista.
[195.] Esta influencia moral puede ejercerse de dos maneras: arrastrando necesariamente la voluntad, ó dejándola con facultad para querer ó no querer; en el primer caso hay una espontaneidad voluntaria, pero necesaria; en el segundo, hay una espontaneidad libre. Todo acto libre es voluntario, mas nó todo acto voluntario es libre. Dios quiere libremente la conservacion de las criaturas; pero quiere necesariamente la virtud, y no puede querer la iniquidad.
[196.] Mientras atendemos únicamente á la causalidad de eficiencia, no hallamos mas que relaciones de causas y efectos; pero en atendiendo á la causalidad final, se presenta un nuevo órden de ideas y de hechos: la moralidad. Ante todo consignemos la existencia del hecho.
[197.] Bien y mal, moral, inmoral, justo, injusto, derecho, deber, obligacion, mandato, prohibicion, lícito, ilícito, virtud y vicio, hé aquí unas palabras que todos emplean de continuo y aplican á todo el curso de la vida, á todas las relaciones del hombre con Dios, consigo mismo y con sus semejantes, sin ninguna duda sobre su verdadero significado, y entendiéndose perfectamente unos á otros; cual si hablasen de los colores, de la luz ó de otros objetos de nuestros sentidos. Al oir la palabra lícito ó ilícito aplicada a un acto ¿quién pregunta lo que significa? Cuando se dice este hombre es virtuoso, aquel vicioso, ¿quién duda sobre el sentido de estas expresiones? ¿Hay nadie que encuentre alguna dificultad en comprender lo que significan estas otras: tiene derecho á ejecutar este acto, está obligado á cumplir con tal circunstancia, este es su deber, ha faltado á su deber, esto está mandado, aquello está prohibido, esto es justo, aquello es una injusticia, esto es una virtud heróica, aquello una maldad, un crímen? No hay ideas mas comunes, mas vulgares, corren entre los ignorantes como entre los sabios, en los pueblos bárbaros como en los cultos, en la juventud de las sociedades como en su infancia y vejez, en medio de costumbres puras como de la corrupcion mas escandalosa: expresan algo primitivo, innato en el espíritu humano, algo indispensable á su existencia, algo de que no puede despojarse mientras está en el ejercicio de sus facultades. Habrá mas ó menos equivocacion ó extravagancia en la aplicacion de dichas ideas á ciertos casos particulares; pero las ideas matrices de bueno y malo, justo é injusto, lícito é ilícito, son las mismas en todos tiempos y países, forman como un ambiente en que el espíritu humano respira y vive.
[198.] Es notable que ni aun aquellos que niegan la diferencia entre el bien y el mal, pueden prescindir de esta diferencia. A un filósofo que está escribiendo un tratado en que se burla de lo que él llama preocupaciones del humano linaje sobre la diferencia entre el bien y el mal, decidle: «me parece, señor filósofo, que es V. un insigne malvado, pues que de tal modo se propone combatir lo mas santo que hay sobre la tierra;» y veréis como se olvida de su filosofía, y de cuanto ha dicho sobre el vano significado de las palabras virtud y vicio, y se indigna de verse calificado de esta manera, y se defiende con calor, y se empeña en probaros que es el hombre mas virtuoso del mundo, y que en aquello mismo está dando repetidas pruebas de lealtad, de sinceridad, de honradez. Poco importa que allá en sus altas teorías, la honradez, la lealtad y la sinceridad sean palabras destituidas de sentido, puesto que nada significan ni pueden significar, en no admitiendo un órden moral; el filósofo arrostra sin vacilar una inconsecuencia, ó mejor diremos, ni aun repara en ella: las ideas y sentimientos morales se agitan en su alma desde el momento que se le llama inmoral: deja de ser sofista y vuelve á ser hombre.
[199.] La idea de este órden moral, ¿podrá ser una preocupacion que no teniendo cosa alguna que le corresponda en la realidad, y sin fundamento en la naturaleza humana, deba su origen á la educacion, de suerte que hubiese sido posible que los hombres viviesen sin ideas morales ó con otras directamente contrarias á las que ahora tenemos? Si es preocupacion, ¿cómo es que sea general á todos los tiempos y países? ¿quién la ha comunicado al humano linaje? ¿quién ha sido tan hábil y tan poderoso, para lograr que la adoptasen todos los hombres? ¿cómo se ha conseguido que las pasiones, hallándose en posesion de la libertad, renunciasen á ella, admitiendo un dique que les impide desbordarse, recibiendo un freno que de continuo las detiene y molesta? ¿Quién fué ese hombre extraordinario, cuya accion alcanzó á dominar todos los tiempos y países, las costumbres mas brutales, las pasiones mas violentas, los entendimientos mas obtusos, que pudo difundir la idea de un órden moral por toda la faz de la tierra, no obstante la diversidad de los climas, de las lenguas, de las costumbres, de las necesidades, de la variedad en el estado social de los pueblos, y que consiguió dar á esta idea del órden moral, tal fuerza, tal consistencia, que se conserva al través de todas las vicisitudes, á pesar de los mas profundos trastornos, entre las ruinas de los imperios, entre las fluctuaciones y transmigraciones de la civilizacion, permaneciendo como una columna que no pueden conmover las impetuosas olas de la corriente de los siglos?
No hay aquí la mano del hombre; un fenómeno de este género no nace de combinaciones humanas; se funda en la naturaleza misma; es indestructible porque es natural; así, y solo así, pueden explicarse su universalidad y permanencia.
[200.] El negar toda diferencia entre el bien y el mal, es ponerse en abierta contradiccion con las ideas mas arraigadas en el espíritu humano, con los sentimientos mas profundos y poderosos; todos los sofismas del mundo no serán capaces de persuadir á nadie, incluso el mismo sofista, que no hay ninguna diferencia intrínseca entre consolar á un afligido y aumentar su afliccion, entre socorrer á un infortunado y agravar su infortunio, entre agradecer un beneficio y dañar al bienhechor, entre cumplir la promesa y faltar á ella, entre hacer limosna y robar el bien ajeno, entre ser fiel á un amigo y hacerle traicion, entre morir por su patria y venderla alevemente á los enemigos, entre respetar las leyes del pudor y violarlas con descaro, entre la sobriedad y la embriaguez, entre la templanza en todos los actos de la vida y el desórden de las pasiones desbocadas. No hay razon, no hay ingenio, no hay cavilacion, de ninguna especie, capaces de borrar esta línea divisoria. El sofista discute, imagina, finge, sutiliza, pero todo es en vano; la naturaleza está aquí: ella dice al insensato: hasta aquí llegarás, y aquí se quebrantará el orgullo de tus olas.
[201.] Si no hay diferencia intrínseca entre el bien y el mal, y todo cuanto se dice sobre la moralidad ó inmoralidad de las acciones no es mas que un conjunto de palabra sin sentido, ó que al menos no tienen otro que el recibido de las convenciones humanas, ¿cómo es que mientras el justo duerme sosegado en su lecho, el malvado se agita con el corazon destrozado por los remordimientos? ¿de dónde vienen aquellos sentimientos de amor y de respeto que nos inspira lo que llamamos virtud y la aversion que nos excita lo que apellidamos vicio? El amor á los hijos, la veneracion á los padres, la fidelidad con los amigos, la compasion por la desgracia, la gratitud hácia los bienhechores; el horror que nos causa un padre cruel, un hijo parricida, una esposa adúltera, un amigo desleal, un traidor á su patria, una mano salpicada con la sangre de una víctima, la opresion del desvalido, el desamparo del huérfano, la ingratitud con el bienhechor; estos sentimientos, ¿no muestran mas claro que la luz del dia, la mano del Todopoderoso esculpiendo en nuestras almas las ideas del órden moral, y fortaleciéndolas con sentimientos que instintivamente, aun cuando nos faltase el tiempo para reflexionar, nos indicasen el camino que debemos seguir?
[202.] No niego que en el exámen de los fundamentos de la moral se tropieza con graves dificultades; convengo en que el análisis de la ciencia del bien y del mal es uno de los puntos mas recónditos de la filosofía; pero estas dificultades nada prueban contra la expresada diferencia. Nadie niega la existencia de un edificio aunque no se pueda descubrir hasta dónde llegan sus cimientos; la misma profundidad es un indicio de su solidez, una garantía de su duracion. La diferencia entre el bien y el mal demostrada à priori por los sentimientos mas íntimos del corazon humano, se puede evidenciar con solo atender á los resultados que produce su existencia ó no existencia. Admitamos el órden moral é imaginemos que todos los hombres arreglan su conducta conforme á esta preocupacion. ¿Cuál es el resultado? el mundo se convierte en un paraíso; los hombres viven como hermanos, usan con templanza de los dones de la naturaleza, comparten su dicha, se ayudan en su desgracia; en el individuo, en la familia, en la sociedad, reina la armonía mas encantadora; si el órden moral es una preocupacion, necesario es confesar que jamás la hubo de consecuencias mas grandes, mas saludables, mas bellas; si la virtud es una mentira, jamás la hubo mas útil, mas hermosa, mas sublime.