—Y más ganas de chupar.
—Dejuro. Adiós don Tiburcio.
Y se marchó, rumbo a los «Campos del Diablo», vale decir a lo ignoto, al azar de la existencia bagabunda.
Transcurrió más de un año sin que se tuvieran noticias suyas. En una cruel mañana de invierno cayó a la estancia. ¡Pero en qué estado!... A los estragos producidos por el vicio se unían los causados por las penurias, los de hambre, las noches de intemperie o de forzada vigilia. Apenas había, cumplido veinte años y su rostro enflaquecido, arrugado, de color terroso, sus labios plácidos, sus ojos parpajudos acusaban completa decrepitud.
Don Pancho lo miró con pena y con rabia, preguntándole con acritud.
—¿Qué venís a hacer aquí?
—Vea, mi tío—respondió con voz enronquecida por el alcohol;—estoy decidido a abandonar este vicio maldito, culpa de toda mi desgracia...
—Me parece bien—-contestóle el viejo en tono de duda.
—Sí, mi tío... Vea mi tío, allá, en la costa el Batoví, hay un negro entendido, que se compromete a curarme con el cocimiento de unos yuyos qu'el sólo conoce...
—¿Y qué hacés que no enderezás pa la costa'el Batoví?