—Vea mi tío... es qu'el negro me cobra veinte pesos pu'el remedio... y como yo ando medio cortao...
—¿Venís a pedírmelos?... No contés con ellos; pero en cambio te vi'a dar un consejo que vale más de veinte pesos... Mirá... ahí atrás de las casas está atado a soga mi parejero alazán, que aunque ya p'al camino no sirve, pa trotiar no tiene fin... Te lo doy. Ensillalo y andá buscar la vergüenza... Campiala bien. No te preocupés del tiempo que pase, ni del precio que cueste, porque me comprometo a pagarla, cueste lo que cueste...
—Está bien, mi tío—respondió el mozo, y de seguida se fué en busca del viejo parejero, lo ensilló, se despidió y partió de nuevo para los «Campos del Diablo».
Al verlo alejarse, Don Tiburcio—exclamó melancólicamente:
—¡Pobre alazán!... ¡Ande lo irá a convertir en caña ese desalmao!...
—Quien sabe—sentenció don Pedro—nunca perdió una carrera; pueda ser que gane esta también...
Al cabo de un par de meses regresó Albino a la estancia. Iba más miserable, más despreciable que nunca. Con dificultad se apeó de la yegua ética y con paso inseguro avanzó hasta la enramada desde donde el tío Pancho lo observaba con el más profundo disgusto. Rechazando la mano que el mozo le tendía, increpólo violentamente:
—¿A qué has venido, si no trais la vergüenza?...
Y él humilde como un perro castigado, murmuró sollozando: