Creyendo que la adversa suerte provenía de la falta de una mujer,—aparato regulador—se casó con una criolla que le dijo: «Quiero» cuando él decía «Envido».

Y le fué mucho peor, todavía.

En poco tiempo desaparecieron los animalitos, los útiles de labranza. Después desapareció la chacra y casi en seguida la mujer, cuyo cariño,—si alguna vez lo tuvo—se había ido mucho antes.

Desde entonces Hermann se despreocupó del mañana y no pensó más en hacer casa ni en plantar árboles, esas cosas destinadas a sobrevivirnos; sobrevenirnos con y para el hijo que tenemos o esperamos tener.

—Yo no estuvo buenos a piliar felicidad—decía.

Y sentado en la glorieta de la pulpería, solo, la pipa entre los dientes, el vaso de gim al costado, los ojos de Hermann, sus pupilas color caramelo inmovilizaban la visión en lo infinito del horizonte campesino, como en ansias de trasponer los mares de investigar la remota tierra nativa, donde quizá hubiera aún alguna ramita de afecto, capaz de prosperar, de crecer, de hacerse árbol, cuidada y regada.

Pero, de vez en cuando, el solitario salía de su embebecimiento, sacudía la cabeza y murmuraba en su media lengua:

—Yo nunca estuvo bueno domar pingo la suerte.

Y quitando la pipa de los labios—que entonces se cerraban formando una larga y fina línea cárdena, semejando el cuello de un individuo degollado después de muerto—apuraba el vaso de gim sin hacer un gesto.

—Dios te conserve el tragadero, gringo—dijo un gaucho,—qui ha 'e ser como papel de lija.