—Y a vos la lengua que ha estar igual escoba amontonar basura.

—¿No te da vergüenza emborracharte asina, solo sin envitar a naides?

—¡Qué le va dar vergüenza a este guampudo!—agregó otro mofador. Y él, sin quitarse la pipa de los labios y otra vez perdida la mirada en las lejanías del otero:

—Yo nada no tengo vergüenza. Yo no importa palabras que dicen... Yo estoy como río: todo qu' echan dentro lleva fuera...

Cuando estalló en el Uruguay la revolución de 1904 fué uno de los primeros en alistarse en las filas insurrectas.

—¿Vos sos «blanco»?—le preguntaron.

—¿Qué están blancos?... Yo estoy gringo.

—¿Pero sos enemigo del gobierno?

—¿Quién está gobierno?... Yo quiere no más ir guerra, matar hombres, todos hombres pueda matar... Todos biches malos, hombres.

Y fué un formidable guerrillero. No tiraba muchos tiros, pero cada disparo suyo era casi seguro que hacía una víctima, porque apuntaba largamente, amorosamente, a fin de que su bala fuese eficaz.