Concluídas las peleas, volvía a su aislamiento, a fumar su pipa, a beber su gim,—del cual nunca le faltaba provisión, sin importársele un comino de si habían vencido o habían sido vencidos.

Una tarde, después de una lucha singularmente trágica, extraordinariamente sangrienta, Hermann se reposaba, fumando su pipa y bebiendo su ginebra, cuando se le acercó un indiecito, conocido por «Rejucilo» y en cuyo rostro estaban dibujados todos los estigmas de la perversidad. Durante las cuatro horas que había durado la carnicería, Rejucilo estuvo junto a Hermann y había admirado, no su valor, sino su ferocidad, su pasión de matar.

Al acercarse al extranjero, que lo recibió, como a todo el mundo, fosco y prevenido, dijo:

—Lo felicito, hermano.

—Yo no tengo hermano, yo no precisa felicitación—fué la respuesta de Hermann.

Rejucilo, sin desconcertarse.

—No importa. Lu he visto peliar. Se que pelea por puro gusto 'e matar gente, lo mesmo que yo peleo, pa ver si se puede concluir con tuita la gente, y di' ahí mi simpatía... Nu'es pa pedirle nada, es pa ofertarle, es pa convidarlo que haga como yo... vea...

Y sacando de la cartuchera una bala de mauser cuya punta había sido tallada en cruz, repitió:

—Vea.

—¿Y qué?—preguntó el extranjero, después de observar la bala.