—¿Y qué?... Que asina, con cruz en la punta, hace más daño. Al dentrar en el cuerpo y trompezar con un gueso, se abre como rosa y destroza mesmo que rayo. Nu hay cristiano que aguante un chumbo d'esta laya.
Hermann, observó detenidamente la bala,—una dum-dum, al fin;—meditó, y luego tomó la botella de gim y le ofreció un trago a Rejucilo. Era la primera vez que hacía aquello.
En seguida, desenvainó el cuchillo, volcó en el suelo la cartuchera y se puso a tallar en cruz la camisa de niquel de los proyectiles.
—Gracias—dijo el indio, devolviendo el porrón.
—Nada... Vos estás amigo mío. ¡Oijalá peliamos mañana!...
LOS GRINGOS
La estancia de los «Horcones», después de extenderse por varias leguas en el oeste de la provincia, se ha ido desparramando en otras varias leguas, por la pampa lindera.
Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo de tres generaciones de Salazar de Villarica. Don Martín el fundador, fué un vasco recio y animoso que se instaló en el entonces semidesierto, con un rebaño de ovejas y cuya energía logró triunfar en la lucha incesante con la indiada, con los malevos, con las policías, con los alcaldes y las calamidades menores de las sequias torturantes y de las inundaciones desvastadoras.
El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, heredó de su padre un vasto y próspero establecimiento, que él agrandó y perfeccionó mediante un esfuerzo y una tenacidad dignas del heróico antecesor.