Contribuyó no poco a sus éxitos, Lino Colombo, robusto y activo mocetón genovés, que empezó por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una docena de frutales.
Y dos años después, ya no era una docena, sino una centena de durazneros, perales, manzanos, que formaba alegre festón al antes desnudo y triste caserón de la estancia.
La peonada gaucha miró al principio con adversión al innovador.
—Ahí viene el loco 'e los árboles—decía despreciativamente uno, al verlo regresar, siempre a pie, las herramientas al hombro, en mangas de camisa, la cabeza eternamente descubierta.
—Ahí está el dueño de la hacienda verde—mofaba otro, no pudiendo comprender que el campo pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cría de vacas, caballos y ovejas.
Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso, cuando llegó la producción, cuando pudieron hartarse de duraznos, de peras, de manzanas, de membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no las puyas, hacia el «ganadero de la hacienda verde», a quien, por otra parte, don Carlos dispensaba la mayor confianza, alentándolo en sus plantaciones.
—Dejenló tranquilo a mi gringo. El trabaja lo mismo que nosotros, para nosotros para los que vengan. Cada uno tenemos nuestra misión en la vida, y la cosa es cumplirla bien. Los caballos no sirven para el matadero, ni los bueyes para correr carreras.
Y los gauchos se iban acostumbrando; pero ocurrió que una vez, al regresar el patrón de un viaje a la ciudad, trajo una bolsita de semillas que Gino recibió con manifiesta expresión de júbilo.
Desde la madrugada del día siguiente, se puso a preparar un gran rectángulo de tierra elegida. La preparó animosa, prolija, cariñosamente, y cuando al fin esparció sobre ella la diminuta semilla del saquito traído por el patrón, su rostro bello y enérgico expresaba la alegría de un gran acto triunfal.
—¿Qué yuyo es ese?