—Espera, espera...

—¿Se come?

—No se come, ma da de comer.

Los gauchos se encogieron de hombros, considerando con desprecio aquellos centenares de plantitas de un verde de plata, que crecían rápidamente, estirando sus tallitos endebles...

Quince años más tarde, diez mil eucaliptus, unos colosos ya, otros de mediana altura, formaban un delicioso parque, recreo de la vista, generador de salud, fuente preciada de riqueza en todo sentido...

A la muerte de don Carlos, Pedro, el tercer Salazar de Villarica, se encontró poseedor de una inmensa fortuna. Acababa de regresar de Europa, donde fuera en viaje de recreo y de instrucción, al terminar su carrera de abogado.

Hombre de ciudad, no descuidó, sin embargo, sus intereses, y siguió la tradición, administrando y explotando personalmente sus estancias, contando siempre con la eficaz ayuda del fiel genovés, quien no obstante haberse enriquecido, comprando tierras con sus economías, y a pesar de tener varios hijos y muchos nietos, todos propietarios, continuó prestando su mayor atención y sus últimas energías al cuidado de los bienes de sus patrones.

Y con tanto mayor motivo, cuanto que los cinco hijos del tercer Salazar de Villarica—dos mujeres y tres hombres—se habían despreocupado por completo, consagrados a la ociosidad fastuosa, viviendo la mayor parte del año en Europa, desparramando monedas con esplendidez de nababs.

Y como los derroches eran idénticos en el ciclo de las siete vacas flacas que en el de las siete vacas gordas, la mina empezó a disminuir su cosecha de oro.

Y recién cuando frente al pedido de una fuerte suma de dinero, Gino respondió manifestando la imposibilidad de conseguirlo sin recurrir a operaciones onerosas, Julio, el mayor de la familia, resolvió ir a la estancia.