—¡Dejenmé no más, que yo les voy a arreglar las cuentas a esos gringos ladrones!—manifestó al partir.

Todas las explicaciones de Gino fueron inútiles. Grandes extensiones de tierra estaban desiertas porque las haciendas propias se habían malbaratado para satisfacer el incesante pedido de sumas cuantiosas...

—¿Y los arrendamientos?

—Ya no hay arrendatarios, patrón. La época es mala, el precio caro; quien arriende se muere de hambre.

—¡Lo que hay—exclamó violentamente el mozo,—es que ustedes se aprovechan con la confianza que les damos; lo que hay es que ustedes los gringos nos van tragando poco a poco!...

El viejo servidor no pudo permanecer impasible ante el insulto tan supremamente injusto. De un brusco manotón se arrancó el chambergo que tiró con rabia al suelo, y sacudiendo la larga, espesa melena nevada, gritó, golpeando el pecho con las manos encallecidas en más de cincuenta años de labor sin treguas ni fallecimientos:

—¡Los gringos!... ¡Ma los gringos aquí son ostedes, ostedes que se pasan en la Uropa, gastando la plata en divertirse, sin trabacar, sin hacer nada per so tierra!... ¡E in cambio, ío, gringo, vivo aquí, pegao a la tietro que beso y riego con mi sodor, haciandola cada vez más rica!... ¡Y yo tengo once hicos, que son arquentinos, que trabacan la tierra y la quieren, y tengo trentaun nietos arquentinos y todos tenemo las raíces del alma metidas inta la tierra arquentina como los ucalitos, esos d'allá, todos esos, que yo planté cuando!...

Y luego, presa de un acceso de lágrimas, dijo, sacudiendo la nevada cabeza:

—¡No! ¡no me dica esto, don Culio!... Y sabe, no es por ofensa, pero, en veritá, aquí los únicos gringos sos ostedes, ostedes que tienen vergüenza de so tierra, que ni meno la conocen, e que porque no la conocen no la quieren...