Al respetuoso saludo de los peones, el comisario respondió con amabilidad inusitada:

—¿Qué tal, juventú, como les va diendo?... ¿Rejuntando solsito pal invierno?... Sientensé no más, por mí, no hagan cumplimientos.

Y luego, dirigiéndose al viejo Pancho, el comisario continuó el relato interrumpido por la llegada de los peones.

—Pues, como les iba diciendo, los diareros de la capital, chiyaron tanto que el menistro no tuvo más remedio que mandarme atracar un sumario.

«El jefe, al notificarme me dijo:—«No te asustés y andá campiar güenos testigos y que los traigan bien sobaos no sea que dispués s'enrieden y te comprometan a vos y me comprometan a mí»...

«Miedo, pa decir verdá, nunca tuve, ya soy veterano en eso'e los sumarios; con un poco de habelidá siempre se sale bien y lo pior que puede suceder es que lo cambeen a uno pa otra sesión o pa otro departamento; pero da rabia que lo incomoden a uno por un savandija»...

—¿Jué Natalio Suárez, no?—preguntó don Pancho.

—Sí... a quien uno se ve obligao en las ocasiones a atracarle unos palos.

—Pero Natalio murió.