La mayor parte del día y una buena parte de la noche, pasábalas Rómulo paseando por el naranjal y tomando todo género de precauciones para esquivar la contaminación.
—¡Qué macana!, ¡pero qué macana!—monologaba—¿Qué necesidad tenía esta mujer de ir a agarrar esa asquerosa enfermedad por servir a desconocidos, gentes miserables, a quienes la muerte les hace un servicio?... ¡Qué los hubiera auxiliado con dinero, santo y bueno; pero exponerse así, no tiene nombre!...
Debió pensar en mí; pero, ¡todas las mujeres son iguales, del último que se acuerdan es del marido!... Por un capricho bobo, por un sentimiento estúpido, le arruinan a uno lo mejor de la existencia... ¡Yo que estaba preparando para este invierno un macanudo viaje por Italia!... Viaje de placer; pero, sobre todo, de estudio, que es necesario, que sin salir de aquí, uno no es nunca más que Juan de los Palotes, por más talento que tenga... Ahora, aunque se salve, ¿cómo me voy yo a presentar a mis relaciones con una mujer desfigurada, fea, ridículamente picada por la viruela... ¡Qué macana!... ¡qué macana!...
Hacía rato que había caído la noche cuando regresó a la casa. Al penetrar en la glorieta notó algo insólito que le hizo presumir la catástrofe: voces apagadas, murmullos, sollozos, las luces sin encender...
Detúvose conturbado. Esperó.
Misia Micaela, advertida de su esposo, fué hacia él, y anegada en lágrimas, balbuceó:
—¡La pobrecita!...
—¡Sí!... ¡acaba de morir!... ¡Sus últimas palabras fueron para usted, pidiéndole que la perdone!...
Y como la pobre madre, anonadada por la pena, hiciera ademán de tenderle los brazos, él retrocedió bruscamente, experimentando un escalofrío de miedo, y sin poder refrenar su brutal egoísmo, exclamó con rabia:
—¡Qué macana!... ¡qué macana!