Después de un año de ausencia en el obligado, viaje a Europa, el joven matrimonio regresó al terruño, con gran contentamiento de Ubaldina, en cuyo espíritu las maravillas del viejo mundo no lograron entibiar el cariño a la casita rústica, a los camanambíes, que parecían tres formidables esclavos etiópicos, al cerco florido y al océano verde del plantío, a las aves y los pájaros familiares, y, sobre todo ello, a los viejos genitores.

Rómulo, en cambio, experimentó bien pronto la nostalgia de las bulliciosas capitales; y al mes de permanencia en la chacra, pretextó urgentes asuntos y se marchó a la capital.

Era a la entrada del verano. Poco después la ciudad paranense se sintió flagelada por terrible epidemia de viruela, y Ubaldina fué de las primeras en trasladarse con su madre al foco epidémico y en prodigar sus cuidados y sus auxilios a los infelices indigentes, carne preferida del implacable mal.

Ubaldo escribió condenando la «tremenda imprudencia» de su esposa y ordenando que regresara a la finca.

La orden ¡ay! llegó demasiado tarde. El flagelo, como si quisiera vengarse de aquella abnegada criatura, merced a cuya intrépida solicitud se le habían escapado de las uñas ponzoñosas decenas de víctimas, hizo presa en ella, mordiéndola con atroz ferocidad.

Rómulo, venciendo su egoísmo miedoso, no tuvo más remedio que acudir al llamado de la familia, pero se negó rotundamente a penetrar en la habitación de la paciente.

—¡No puedo!, ¡no puedo!—alegaba;—¡me partiría el corazón verla en ese estado!...

Y ella, la madrecita santamente buena, enterada de su presencia, aprobó su conducta, diciendo:

—Sí; sí; hace bien; yo no quiero que pueda contagiarse... Con saber que está acá me siento feliz...