El portoncito del patio se abre sin ruido, y Carmelita, precedida por la parda Julia, lo trasponen y se encaminan rápidamente hacia el higueral del fondo. Sus pies, calzados con alpargatas, no producen ruido alguno al avanzar sobre la hierba húmeda.
Sin embargo, «Vigilante», el gran mastín azabache, las sintió e inició un ladrido que Carmelita logró apagar acariciándole la gruesa testa. Gruñó, disgustado, sin duda, ante aquella intempestiva incursión nocturna, pero en su respeto a la «patroncita» tornó a echarse, dejando libre el paso.
Las fugitivas, luego de pasar, por entre los hilos, el alambrado de la huerta, encontráronse en pleno campo. Carmelita detúvose aterrorizada.
—¡Tengo miedo!—exclamó.
—¿Miedo a qué?...—respondió la parda con un dejo despreciativo.
—¡Miedo a todo! ¡Mucho miedo!...
—¡Me hace ráir, niña!... ¡Tener miedo cuando Sebastián la espera en sus brazos!... ¿Qué daga es capaz de sacarle chispas a la daga de Sebastián?...
—¡Tengo miedo a Dios!...
—¡Salga di'ai, niña!... Primero, que Dios está muy ocupao pa meterse en esas cosas; y segundo, que si Dios es justo, no le ha de acumular delito. Sebastián la quiere a usté; usté lo quiere a Sebastián, ¿y no han de hacer su gusto porque su tata s'emperre en casarla con ese dotorcito pelao, con vidrios en los ojos y más fiero que pichón de venteveo... ¡Salga d'iai!