—No sé... será... ¡tengo miedo!...
Después de la conversación tenida con Sebastián, Carlos se abismó en cavilaciones. Sabedor del propósito de su amigo, de raptar a Carmelita, su conciencia de hombre honrado encontránbase en doloroso conflicto. Sebastián era su mejor amigo, su «hermano»; pero el padre de la muchacha, don Sandalio, era su padrino y su protector. ¿Qué hacer?... ¿Poner a éste en conocimiento de resolución tomada por los novios ante su obstinada negativa? No; hubiese sido indigno de su nobleza oficiar de delator; obraría por su propia cuenta, por más que reconocía temeraria tal determinación.
Al obscurecer ensilló; churrasqueó a prisa y con desgano y se encaminó a la portada del «alto grande», donde su amigo, según se lo había comunicado, debía esperar a Carmelita, conducida por la parda Julia.
A pesar de la profunda obscuridad de la noche, Carlos advirtió, junto al alambrado, como a media cuadra de la portera, un jinete desmontado, y no cabiéndole duda de que fuese Sebastián, se encaminó hacia él. Pronto se reconocieron.
—¿Qué andás haciendo, cuidándome?... ¡Soy bastante crecido para poder andar sin ladero!—exclamó agriamente el galán.
—A las veces los hombres se vuelven criaturas y carece acompañarlas pa evitar que se disgraceen en alguna travesura—respondió, tranquilo siempre, el amigo.
—Yo no preciso; gracias, y andate.
—P'uacá, niña... ¡tenga valor, caray!... ya estamos cerquita...