—No, Julia, no; ¡vamos para casa!... Volvamos, ¡no quiero, no quiero!... ¡Pobre tata, se moriría de pena y de vergüenza!...
Sebastián había oído el diálogo; ató a un poste del alambrado a su caballo, y, pasando por entre los hilos, fué al encuentro de su prenda.
Carlos lo siguió, e interponiéndose entre él y Carmelita, exclamó con expresión autoritaria, dirigiéndose a ésta:
—¡Vuélvase en seguida pa las casas!...
—¡Es lo que le estoy pidiendo a Julia!—gimió la moza.
—¿Y a usted, quién le da vela en este entierro?—profirió con insolencia la parda.
—¡Lo que yo sé es quién te v'aplastar las motas a talerazos!...
Con voz ronca, amenazante, Sebastián dijo:
—Soy yo el que pregunta... ¿qué venís a hacer aquí?