—A salvar al viejo, a Carmelita y a vos...
—¡No necesito ni quiero salvadores!... Dame lao, o me via olvidar de que somos amigos...
—No—respondió Carlos con imperturbable serenidad.
Sebastián, furioso, desenvainó la daga; pero su amigo, con un rápido y recio golpe de rebenque en la muñeca, le hizo volar el arma.
Enceguecido con la humillación, Sebastián sacó la pistola, apuntó e hizo fuego.
A la detonación siguió un grito angustioso de Carmelita, que herida en medio del pecho, se desplomó sobre la hierba blanda y húmeda del campo.
Tras una pausa impresionante, Carlos avanzó, puso la diestra sobre el hombro de su amigo aterrado y dijo con expresión de inmensa pena:
—¿No te albertí que cuasi siempre cortar campo es alargar el camino?...