El comisario y su escribiente se miraron.
¿Sería Basilio?
—Cómo era el hombre de la escopeta,—preguntó el comisario.
—No sé,—respondió el chico.
—¿Huyó después del crimen?
—No sé tampoco.
Mientras Antonio quedaba preventivamente detenido, el comisario mandó al sargento y dos soldados con orden de aprehender a Basilio.
Este no opuso la menor resistencia.
Esa noche durmió tranquilamente en el calabozo y con la misma tranquilidad se presentó al otro día ante el comisario, quien, conociéndolo de largo tiempo atrás, sabiendo que era un mozo bueno, muy trabajador, muy retraído, se asombraba de que hubiese cometido aquel crimen alevoso. Es más, se resistía a creer en su culpabilidad. Por esa razón, empezó a interrogarlo bondadosamente.
—El sargento me dijo que vos te habías confesado autor de la muerte del padre Jacinto, ¿es verdad?