—Es verdad, si señor,—respondió Basilio con la mayor calma del mundo.

—¿Qué te había hecho?

—Nada.

—¿Lo conocías?

—No.

—¿Por qué lo mataste, entonces?

—Porque era fraile.

El comisario López, paisano vivaracho, que había visto mucho en sus cincuenta años de vida, que conocía uno por uno a los hombres del pago, se quedó observando atentamente al criminal. ¿Qué misterio entrañaba aquel crimen inexplicable?

Basilio era un excelente muchacho. A la muerte de su padre, había heredado la pequeña propiedad, un campito, una majadita de ovejas, unos matungos, cuatro yuntas de bueyes y unas pocas lecheras. Vivía solo. Sólo cuidaba su hacienda, solo labraba su chacra. Muy rara vez se le veía en la pulpería; no iba a carreras ni a bailes. No se le conocían vicios, ni amigos. Tenía fama comarcana de trabajador y honesto...