—Vea, comisario. Yo ya voy diendo pa viejo. Dende muchacho he trabajao y he visto que tuitos los hombres honraos y tuitos los animales buenos, trabajan pa ganar lo que comen... Cuando yo era tuavía un mocoso, mi padre me dió una soba'e lazo sin razón, y yo me juí de casa... Anduve rodando y al fin cái al pueblo y me conchavé con el cura... Eramos dos muchachos y nos tenía dende el amanecer trabajando en la quinta... Nunca nos pagó nada. La comida, y gracias. Y eso, escasa, porque toda la comida era poca para él, y a cada rato nos retaba y nos pegaba.

«El no hacía nada y no le faltaba nada. Los ricos le mandaban postres. Los pobres, si cuadra, se quedaban sin comer pa traile una gallina o una docena de güevos... pero si venían a pedirle que dijese una misa por el alma de un finao, no había caso sin pintar la moneda.

«Don Antonio,—se llamaba don Antonio e fraile,—se murió de una indigestión. Vino otro, don Genaro, y era lo mesmo. A ese lo sacaron porque hizo unas cosas fieras, y dispués, trugeron un viejo gordo que no hacía más que comer, chupar vino y dormir... Yo me cansé y me juí... Anduve rodando, trabajando y cuando murió el finao mi padre y me tocó el campito, me vine a trabajar, a cuidar los animales, a sembrar la chacra...

Basilio se interrumpió, quedó un momento pensativo y luego respondió:

—«Yo les tenía muchísima rabia a las cotorras que me comían el maíz, y a los zorros que me mataban los corderos... Les tenía rabia, no tanto por el mal que me hacían, sinó porque son unos haraganes inservibles que viven del trabajo ajeno... Ayer de mañana me encontré que los zorros me habían muerto cinco corderitos... De tardecita cargué la escopeta y los juí a aguartiar en la orilla del pajonal... A la cuenta me olieron, porque no salía ninguno del escondite... Llevaba dos horas perdidas allí, dos horas que me hacían falta pa desgranar unas fanegas de maíz... ¡Y eso hizo que se m'empreñase la rabia!... No aparecía ningún zorro... ¡En eso pasó un fraile y le prendí juego!...

Basilio escupió, dió vueltas al sombrero entre sus dedos callosos y, mirando al comisario con sus grandes ojos, concluyó:

-Jué asina no más que maté al fraile.


¡LINDO PUEBLO!

Ivirapitá es una aldea que se parece a los viejos: cada año que trascurre se achica algo más.