—¿Y nunca vienen forasteros?

—Allá por la muerte un obispo suele cruzar alguno... Aquí hasta las mangas de langosta pasan de largo, porque nos despresean y prefieren galopiar tres leguas pu'el aire pa dir a los naranjales de ño Facundo y a los trigales del rengo Alfonso...

Rió el viejo evocando una escena que se le antojaba en extremo cómica:

—Una vez vinieron unos forasteros: un fraile, un sacristán y tres manates. Diban p'hacer un casorio en una estancia del pago, y como cayeron al escurecer, hicieron noche en la pulpería... Al otro día, cuando diban a seguir viaje, el pulpero tuvo que prestarle sus mulas pa prenderlas al breque...

—¿Se habían ido los caballos?

—Sí; se jueron junto con el poncho'el cochero y las valijas de los manates...

—¿Y no descubrieron a los ladrones?

—Hast'aura, no.

—¿Y cuándo fué eso?

—Va como pa diez años.