Empero existían varias circunstancias de su vida que obligaban al comentario. Lanza seca había caído al norte entrerriano sin más haberes que un buen flete, un apero plateado y algunos patacones en el cinto.
Todos ignoraban quién era y de dónde venía, y las averiguaciones en ese sentido siempre fueron infructuosas.
Ponciano era un hombre callado y que rehuía el trato con todos. Sin embargo, cuando le hablaban, mostrábase siempre humilde.
Quitábase el sombrero, bajaba los ojos y respondía, con una voz suave y finita:
Sí, señor... No, señor.
Pero nada más.
Por otra pare, en determinadas épocas del año, cuando cesaba su trabajo de tropero, desaparecía. Nadie supo nunca dónde iba ni a qué ocupaciones se dedicaba; pero es el caso que «Lanza seca», el infeliz Ponciano, llegó a ser propietario de dos leguas de campo pobladas con hacienda flor, lo cual no le impidió continuar ejerciendo su oficio de tropero y su misma vida modesta y misteriosa.
A pesar de ser un hombre a lo sumo de cuarenta y cinco años, no se le conocía una sola amistad femenina, del mismo modo que no se le conocía ningún vicio. Era un ser sombrío; uno de esos seres que parecen vivir sin objeto.
La realidad era otra.
Por mucho tiempo, la existencia de «Lanza seca» tuvo por fin único enriquecerse. Con su humildad hipócrita, con su insignificancia aparente, con su honradez visible, era en el fondo un taimado, un pillo habilidoso sediento de placeres, pero dotado de una voluntad férrea que le permitía contenerse y disimular siempre sus vicios.