Sin embargo, lo inevitable llegó al fin. Nerea, una chinita de diez y seis años, hija de matreros, cuya choza se ocultaba entre los ñandubaysales de Montiel, logró vencer su egoísmo y convertirlo en su esclavo. Si no se había instalado en la estancia, si no se había hecho legalizar como esposa, es porque aquella alma chúcara y aquel cuerpo libertino, no podían decidirse al abandono del salvajismo montaraz y a los fugitivos y ardientes amores de las fieras que pasan.
Ponciano había rogado vanamente muchas veces:
—Vení; ¡yo soy rico y tuito lo marcado con mi marca será tuyo y vos serás la reina del pago!...
Y ella respondía:
—Cuando sea más luego, y encomiense a desnudarse el día, andá a la orilla el arroyo y cantale ese estilo a la madre 'el agua...
—Yo ti aseguro que serás feliz, siendo sólo mía...
—¡Pu'áhi se quiebra el palo!... Chancho montarás no engorda en chiquero...
Siempre fué inútil el ruego, y Lanza seca sentíase, sin embargo, cada vez más esclavizado por la bella y perversa flor de la áspera tierra de los matreros.
Se sometía a todo, pero aquel capricho era exhorbitante. No es que su conciencia sintiese mayores escrúpulos. Como lo había dicho Nerea, no sería el primer zorro que desollase. Pero sus cochinerías las efectuaba allá, en el Paraguay, en el Uruguay, en el Brasil, donde no se llamaba Ponciano Suárez. ¡Pero allí, en Montiel, donde gozaba de envidiable reputación de honradez!... ¡Y meterse con el vasco Anselmo que de tiempo atrás lo venía sospechando!...
Llegó rabioso a su estancia. Llegó tarde. Desprendió del gancho una paleta de oveja, avivó el fuego, la asó y empezó a comerla vorazmente sin preocuparse de Caín, su perro fiel, que lo miraba con unos ojos que iban entristeciéndose a medida que se iba concluyendo la carne.