Ponciano puso la paletilla pelada sobre una alhacena, y ya con la barriga llena se fué a dormir. Caín quedó solo en la cocina, solo y con hambre de dos días. Reflexionó largo rato, midiendo virtualmente la altura de la alhacena calculando si valdría la pena exponerse a un porrazo por un hueso pelado. El hambre pudo más que la prudencia. Dió un brinco formidable y se encontró encima del mueble.

¡Sorpresa!... Desde allí, su hocico alcanzaba sin dificultad al gancho donde quedaba medio costillar de oveja.

—Suceda lo qu'el patrón quiera—pensó Caín y le meneó diente al costillar.

Y sucedió algo mucho peor de lo que esperaba el perro. Lanza seca, que no había podido dormir en toda la noche, se levantó de madrugada, cuando los peones dormían aún, se fué a la cocina, hizo fuego y se dispuso a desayunarse con el costillar de oveja.

Su rabia fué enorme. Miró en contorno. En un rincón vió los huesos pelados; en otro rincón vió a Caín, echado, la cola entre las piernas, las orejas gachas, la mirada tímida: una manifiesta actitud de delincuente.

La primera idea del tropero fué romperle la cabeza de un tizonazo; pero Ponciano no era un impulsivo. Tranquila, sosegadamente, cogió a Caín, le puso una cadena y lo ató a un palo del zarzo del parral, diciendo, sin ira, con su frialdad de víbora:

—¡Ahí vas a estar hasta que te pudrás de hambre!

El viernes, el sábado y el domingo, Caín permaneció atado sin recibir alimento alguno. Gracias que un peón le arrojó a escondidas un hueso y le puso un tacho con agua, de miedo de que rabiase.

Algunos de los peones sentían lástima. Pero el patrón había ordenado terminantemente que se dejase morir de hambre al perro; y como los peones conocían bien el carácter vindicativo del patrón y como el alma de los hombres es muy semejante al alma de los perros, ahogaron sus sentimientos compasivos.

El domingo de noche, Lanza seca, vencido al fin por la pasión, se fué al rodeo del vasco Anselmo, enlazó la vaquillona blanca, la degolló, la vació, la cargó en ancas de su caballo y al amanecer la echaba a los pies de la china en suprema ofrenda de amor.