Ella le recompensó abrazándole frenéticamente, haciéndole sangre los labios con un beso de vampiro y exclamando:

—¡Ansina me gustan los hombres, capaces de dormir en el bañao con una crucera por almohada y un puma por cobija!...

Práctico, prudente, a pesar de su excitación amorosa, Ponciano desolló él mismo la ternera y puso a buen recaudo el cuero. El cuero que en la madrugada del día siguiente se llevó bien oculto bajo los cojinillos.

Llegado a su casa antes de nacer el sol, buscó una pala, fué al fondo de la casa, cavó un hoyo y sepultó el cuero de la ternera blanca. Regresó a las casas, y como pasara junto a Caín que maulló humildemente, sintió compasión. Lo desató; el perro empezó a acariciarle frenéticamente, con esa bajeza casi humana de todos los perros.

Lanza seca durmió ese día tranquila y largamente. Despertó, es decir, lo despertaron, cuando empezaba a grisear el crepúsculo.

Era intempestiva visita del comisario, el juez de paz y el vasco Anselmo. Este le acusaba de la muerte de la ternera blanca. Las autoridades manifestaron que concurrían «por fórmula», convencidos de lo injusto de la sospecha.

Se hizo el registro de la casa. Es claro, no se encontró nada. Iba a darse por terminada la investigación, cuando el vasco advirtió que en el fondo de la casa, el perro Caín devoraba una gran cosa blanca.

Fueron allí. Al notar la presencia del amo, Caín reculó con el rabo entre las piernas dejando a descubierto el cuero que su hambre había hecho desenterrar.

Pálido, hecho un pulpa ante la evidencia del delito, Ponciano enmudeció.

El comisario, compadecido, díjole: