—¿En el cielo?... ¡Lindo campo pa invernar chingolos!... Bien se ve qu'era gringo don Jesucristo!... ¿Y qué le hicieron?... ¿Lo afusilaron?...

—No, lo rusificaron.

—¿Lo qué?...

—Hicieron una cruz de palo y lo estaquiaron como cuero fresco.

—¡Qué bárbaros!...

—Era la costumbre oriental.

—¡Pucha que son bárbaros los orientales! ¡Degollar, tuavía, pero estaquiar un cristiano vivo!... Vea patrón: si quiere que hagamos las paces, deme las lonjas del potrillo rabicano... Usté dice qu'es pa la chiquilina, yo digo qu'es pa mí; le sumo el cuchillo en el tragadero y se acabó.

El patrón, harto de las interrupciones del viejo, exclamó:

—¡Agarrate el rabicano, vivo o muerto!...

—Vivo,—respondió—vivo y le pongo mi marca,—una cruz patas abajo... Ese don Jesucristo dejó algo bueno: a cada cual lo suyo, y a mí el rabicano.