Como antes dijimos, don Cupertino y don Braulio no perdían jamás la misa del domingo. Y ni uno ni otro dejaban de llevar a los tientos el corderito destinado a don Tadeo, un cura napolitano, cabeza de melón, mofletes de nodriza gallega, cuello de toro y vientre de perra en fin de embarazo. El buen cura adoraba los corderitos asados, casi tanto como las libras esterlinas,—de las cuales era entusiasta coleccionista—y por lo tanto adoraba a aquellos dos santos varones; pero más a don Cupertino, quien con frecuencia unía al cordero infaltable, una gallina gorda, un canasto de huevos frescos, una maletada de duraznos, y, en ocasiones, una lechiguana gorda, que era una de las debilidades del virtuoso párroco.

—¡Ah, la lichidiguana!... ¡Come mi gusta la lichidiguana!...

Don Cupertino, hombre sobrio, esclavo del deber, era siempre el primero en llegar a la sacristía. Sin embargo, ocurrió una vez en que, llegando a la hora habitual, se encontró con que su vecino le había precedido.

—Lu dun Brulio l'ha che ganatu il terone ista volta,—díjole el cura.

Sorprendido, presintiendo una trastada, don Cupertino preguntó:

—¿Y ande está?

—¿Ande quiere qu'estase?... ¡A l‘iglesia, rodillao devanti San Jenaro, gulpiá qui gulpiá lo picho!...

Don Cupertino tuvo una idea:

—Si usted quiere, padre, yo mesmo vi a desollar el cordero, porqu'es muy gordo y lo va echar a perder su cocinera maturranga.