—Cume ta parezca, don Cupertini... Venise pe lu patio.

Fueron ambos. El estanciero colgó y desolló concienzudamente el borrego.

—¡Madona!... ¡Cume e gordo!...

—Rigularcito—respondió con modestia don Cupertino; y mientras arreglaba el cuero, preguntó observando uno recién estirado.

—¿Y este, padre?

—Es el de don Brulio.

—¡Canalla!—exclamó en el colmo de la indignación.

—¿Cume canalla?...

—¡Pero sí, padre!... ¿No ve las orejas?...

—¡Sicuro!... Tiene orecas come tudos los corderos…