—¿Pero no ve la señal?... ¡Punta e' lanza en la izquierda, sarcillo de arriba en la derecha!... !Mi señal!...

El fraile quedó asombrado.

—¡Ma si cuesto e vero, e propio un canalla!...

El cura continuó manifestando su indignación, mientras don Cupertino observaba uno por uno los cueros apilados. Había cincuenta y ocho: tres de su señal, veintiseis de distintas señales de linderos y veintinueve señal de don Braulio. Porque él, don Cupertino, sólo le robaba a don Braulio. Quedó satisfecho, y cuando el cura le dijo:

—Que hay qui denunciarle a la justicia a cuesto porcaccione—él contestó humildemente:

—No padre. ¡Por tan poca cosa! Cristo manda perdonar, ¡yo perdono!...

Don Tadeo miró el cordero gordo, se le hizo agua la boca y exclamó emocionado:

—¡Qui santo varone!...