Pasada la crisis, volvía a ser el hombre bueno, más suave que maneador bien sobado y bien engrasado con sebo de riñonada.
Las gentes de la estación lo conocían bien; y dado que, aparte de quererlo y respetarlo y temerlo, encontraban mucha ventaja en su servicio, sabían «hacer el perro»—callar y agacharse,—cuando tronaba en lo alto.
Don Fidel descendió del caballo dentro de la enramada, y al volverse se encontró con Felisa, su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos, imploró humildemente:
—¿La bendición, padrino?...
El la miró; trató de corregir la aspereza de su semblante y dijo:
—Dios l'haga una santa.
Entre estas dos frases rápidas, un peón había acudido y tomado la rienda del caballo, mientras otro, no menos solícito, desprendía la sobrecincha y se apresuraba a desensillar.
Don Fidel rabió con aquella solicitud que le impedía estallar en reproches; pero se contuvo, y entregando a Felisa la escopeta que llevaba en la mano, le dijo:
—Llevá p'al cuarto; y tené cuidao qu'está cargada con bala.
Ella tomó el arma, dió vuelta, anduvo un paso y volviéndose interrogó con voz de inocencia: