Don Fidel hizo como si no hubiera oído el descargo de su administrador, por quien experimentaba una hostilidad que en vano intentaba disimular. Y dijo con sequedad:

—¡Debía haber empezao por componer el alambrao!

Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin réplica las acusaciones del patrón; pero aquella tarde parecía tener empeño en avivar su mal humor contradiciéndole.

—No compuse, patrón, porque el bajo, como habrá visto, está lleno de agua; y no se puede estirar alambre con postes plantaos en el agua...

Humillado con la lógica del capataz, don Fidel cogió la limeta y apuró un grueso sorbo de «caña».

El viejo Sandalio sonrió irónicamente, dejando ver a través de las hebras escasas y ásperas de sus bigotes griseos, las negras encías, desprovistas de dientes. Pocas veces bebía el patrón, pero cuando había pegado un trago, era insaciable. Satisfecho, el capataz aprovechó la coyuntura de que don Fidel la emprendiera violentamente con uno de los peones, para escurrirse en silencio.

Sigilosamente cruzó el patio, rodeó «las casas» y se fué hasta la barra de eucaliptus que defendían de los vientos bravos del este y del sud, la cabecera de la huerta de frutales.

Allí, vuelto detrás del membrillar que crecían entre los eucaliptos, se encontró a Virginio Moyano, su sobrino.

Ahorrando frases inútiles, el viejo preguntó secamente:

—¿Estás pronto?